Probando probando

Probando probando

Este post solo es una prueba como su título indica, y es que mi amigo Nicolás que es un tío inquieto donde los haya, ¡sabe un montonazo y además me lo cuenta!

Se me ocurrió que podía ser una buena idea complementar cada post con algún audio, ya sea para este blog, así como para el blog de la clínica de fisioterapia,
¡y esta es la primera prueba!

Ver está sobrevalorado

¿ver está sobrevalorado? 

Este viernes, ha venido a la clínica la periodista de RNE radio 5 todo noticias, Patricia  Costa Grande, que lleva el espacio de tolerancia 0 los jueves a las siete de la tarde.
  Por aquéllo de que el año pasado me dieron el premio de mujer con historia 2.0, me eligió para entrevistarme.
 
  La verdad es que es una periodista majísima, y nos reímos bastante.
    Estoy acostumbrada tanto como mujer así como ciega y fisioterapeuta, a que me hagan las preguntas clásicas previsibles, ante simplemente mis características personales.
  Lo gracioso de todo esto, es que esas preguntas pese a que el tiempo pasa, suelen ser las mismas a las que casi todas las personas como yo, hemos sido preguntadas.
 
  Pero hay una típica, la cual está siempre ahí agazapada, esperando el momento adecuado para plantearla, esa que muchos la callan porque les da vergüenza o creen que va a herir mi sensibilidad, si claro, ¿herir mi sensibilidad? eso es poco menos que imposible:
 
Cuando Me han gritado para preguntarme que donde voy,  cuando me han cruzado una calle tirando del arnés de mi perra,
cuando me han pellizcado arrastrándome para evitarme un charco….
  En fin, voy a la pregunta: ¿si volvieras a ver que querrías ver lo primero de todo lo visible?
 
Me temo que no volveré a ver, no es una cuestión médica, ni científica, ¡simplemente es que no he visto nunca! con lo cual,  no es posible.
  Creo que una vez más mi teoría de que eso de ver está sobrevalorado sigue siendo cierta.
  Plantéate por un momento, qué sería de tu vida si de repente te crecieran dos brazos con sus antebrazos, sus manos y sus dedos.
¿como te sentirías?
Vale, tocarías las más perfectas sonatas al piano a cuatro manos, y ¡que lujo para rascarse por la espalda cuatro manos a la vez!
¿pero qué mas?
   Yo, sinceramente es que no me veo viendo.
  Ahora que le voy pillando el truco a esto del ordenador, a lo de manejar el iphone… Ahora que mi Perra Guía y yo somos la pareja perfecta, que ya he superado lo de cocinar, limpiar, ahora que ya no me importa si tiran de mi chaqueta en el metro o si hablan de mí como si fuera sorda en vez de ciega….
¿ahora a desaprender y aprender?
¡que pereza!
 
  Y luego está lo de perder mis súper poderes:
ya sabes, lo de tener los cuatro sentidos más desarrollados….
Porque claro, eso lo perdería tarde  o temprano, y la verdad, no sé si compensa.
¿Dejar de oír la música del viento
Dejar de notar en mis manos la textura de  una caricia?
Dejar de oler la primavera? ¿Perderme el sabor más dulce del mundo?
 
  Decididamente no, no me compensa.
¡Menos mal que no lo tengo en la agenda!
 

No puedo hablar

Afonía, disfonía

Desde hace dos días estoy sin voz.
Eso es lo que me pasa esencialmente.
Gripe mal curada, tos, mocos, frío, más tos…. ¡y ahora esta afonía!
Lo cierto es que nunca me he visto en esta situación.

No es la molestia de la garganta lo que me agobia, pues solo es un leve picorcito, ni la tos que de vez en cuando retumba en mi tórax y con su efecto mariposa hace que en no sé que isla del Pacífico a alguien le estalle la cabeza.
Lo que más me fastidia es no poder hablar, no escucharme, ¡no saber hacerme entender!
Mi vocabulario de gestos y signos, por obvias razones es muy limitado.
Si, no, 1, 2, 3…. Corte de mangas, y eso de poner el codo en flexión a 90 grados con el antebrazo en supinación, muñeca y dedos en flexión palmar, haciendo una extensión del dedo corazón mientras se estira bruscamente el codo.
Esto me lo han enseñado mis compañeras del hospital, Mar, Mónica, Sandra, Pilar, Paloma…. Pero según y como lo realice, puedo transmitir A B o C.

Nunca me había visto en la necesidad de aprender gestos, tampoco en verle su utilidad.
Que mala educación que he recibido en mi infancia….
Si bien dicen los psicólogos y pedagogos que la expresión gestual en los bebés ciegos se aprende de forma refleja, no debe ser así esto de los gestos para hacerse entender.

Desde luego mi afonía me está poniendo en forma.
Cuando necesito algo, bien pedir un hielo, una sabanilla, tengo que acercarme y pedirlo, con lo cómodo que es gritar desde mi camilla: ¡Migueeel! ¡ayúdame a levantar a este señor!

¿Cómo le digo al paciente de turno mientras le fijo la pelvis, mientras le estabilizo la rodilla con mi rodilla, y sujeto sus manos enlazadas sobre mi hombro eso de ¡estírate!
si preguntan algo que me concierne, me tengo que desplazar y esperar con paciencia a poder hacerme entender.
¡Toda mi solidaridad con cuantas personas sufren de garganta, esas que con disfonías eventuales o permanentes, tienen que lucharse el día a día y hacerse entender.

¡y que nuevo mundo el del lenguaje de gestos!
¿para que queremos aprender inglés? ¡yo lo que necesito urgente es un curso de gestitos de esos que usais!

Contrarreforma de la ley del aborto

En estos días, en que nuestros políticos y católicos más recalcitrantes con Gallardón a la cabeza se permiten el lujo de justificar su reforma de la ley del aborto, usando de forma infame la discapacidad, los discapacitados, la felicidad de éstos, con la indignación que ello produce, me dispongo, pese a que no me gustan las polémicas en mi blog, a dar mi sentir en este punto.
Los que me conocéis, sabéis que soy ciega de nacimiento, que llevo, de la manera más digna que puedo y sé, todo lo que entraña vivir con ello que, más que una discapacidad, lo veo yo como un modo más de vida, una característica personal, como mi número de pie, mi talla de pantalones o mi color de piel
Soy lo que un pedagogo o psicólogo diría, una persona integrada. Más o menos, tengo un buen trabajo, amigos de todo tipo, y sobrevivo en esta sociedad y en estos tiempos como todo el mundo, de la mejor manera que sé y puedo.
Pero mi vida ni ha sido fácil, ni lo es en absoluto, como me lo demuestra el día a día , justo cuando más baja tengo la guardia.
Por nada del mundo traería a este mundo a un bebé sabiendo que iba a nacer ciego, igual que yo.
En unas declaraciones el Señor Gallardón, padre de esta reforma, llegó a decir que a él no le importaría tener un hijo discapacitado.
¡que honorable por su parte! que entrega la de esos padres con sus hijos con necesidades especiales, sin duda alguna….
Pero yo le plantearía a ese señor otra situación:
¿qué tal sería su vida si él hubiera nacido ciego o con otra discapacidad?¿Qué tal soportaría desde su primer llanto esa tortura de ir de médico en médico, ese miedo de los padres, esas preguntas de la familia? ¿Bebería Gallardón esa leche amarga de su madre al pensar que porqué a ella le había tocado ese hijo?
Podría tener unos pesados padres protectores que no le dejaran ni respirar,, u otros que le ignoraran o le consideraran tonto. O, en el mejor de los casos, unos padres responsables, luchadores que por falta de medios no podrían darle cuanto necesitara. ¿Cómo se sentiría en esa situación? ¿Cómo de niño aguantaría ser una carga? ¿ser raro en casa, en la escuela? ¿Cómo aprender a ser diferente y que no duela? ¿Cómo crecer, tener 15 años, y no encajar, no poder aspirar a las mismas oportunidades que los demás? ¿Tener novia, saberse mayor y aprender a manejar las frustraciones?
¿serían el Señor Gallardón y sus insaciables impulsores capaces de vivir y hacer lo mismo que hacen ahora? ¿tendrían las mismas ganas de realizar esa reforma?
No sometería a conciencia a un ser humano a todo eso, y mucho más, a cuanto me he tenido que enfrentar tanto yo como miles de personas con discapacidad.. ..
¿se han parado a pensar en eso obispos hipócritas y políticos acérrimos defensores de la vida?
Vale, yo lo he aguantado, ¡pero de ninguna manera soportaría que un hijo mío tuviera que sufrirlo!
Ni siquiera si pensara que se llama Alberto Ruiz Gallardón,
tan defensor de la vida que es capaz, por extraños vínculos de clientelismo, de indultar a un kamikaze que mata, como lo es de formar parte de un gobierno que propone una ley que favorece al no nacido, del cual se desentenderá una vez en este mundo, a tenor de lo que vienen haciendo con la ley de Dependencia.
A ustedes, sepulcros blanqueados, les exigimos: ¡dejen ya de usarla discapacidad para aprobar reformas injustas!
A ustedes les daba yo una buena discapacidad para que vieran de que va la fiesta….

Para Betty con cariño.

Para Betty, in memoriam.

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.»

Bertolt Brecht

Justo cuando terminé fisioterapia, y dado que había hecho mis últimas prácticas hospitalarias en El Ramón y Cajal, me ofrecieron la oportunidad de trabajar en los tres meses de verano, haciendo una suplencia por vacaciones.
Como era la última en llegar ¿Dónde si no iban a poner a la novata?
Ahí estaba yo, recién diplomada, en la sala de neuro, con 17 pacientes todos con secuelas de íctus o traumatismo craneoencefálico, sin a penas saber qué hacer ni desde el punto de vista de la fisioterapia ni como ser humano frente a toda esa gente que dependía en gran parte de mi buen hacer para su mejoría.

El caos habitual del hospital, el retraso de las ambulancias, el lío de bajar los encamados, ¡y yo sola ante el peligro!

De repente no sé ni cómo apareció: Era una voz con acento diferente, hacía preguntas suaves, con aplomo profesional al expresarse. Usaba términos neurológicos certeros, mezclados con palabras que me transportaban a otros lugares, a otro mundo. Le dije si se venía a tomar un café, y ella aceptó seria.

Ahora me pregunto cómo pudo ser tan fácil, qué milagro logró que coincidiéramos en tiempo y espacio, Beatriz y yo; cómo la vida me dio ese regalo.

Esto debería ser toda una serie de post, tal vez me lo plantee. pues en uno solo me quedaría corta, ¡tengo tantas anécdotas! no sé si sabré transmitir donde está mi deuda con ella, no sólo como fisioterapeuta, sino como persona.

Al principio yo hablaba demasiado, contaba lo que sabía como profesional, la seguridad de haber terminado la carrera y las ganas de demostrar, me hacían hablar. Ella observaba y preguntaba.

Era de esas personas que esperan a que una al final cuente sin más. Y le expliqué mis miedos, mis dudas, mi inseguridad a la hora de valorar un enfermo neurológico de forma real… Ella sabía qué es un neurológico, no me enfrentaba a otros profesionales que sacan el trabajo adelante sin cuestionarse mucho más las cosas.

Recuerdo que con tristeza le conté mi dificultad como fisioterapeuta ciega a la hora de manejar y explorar a un hemipléjico y mi temor de no estar a la altura.

Betti, no lo olvidaré en mi vida, me dijo con tranquilidad:
–yo te voy a enseñar….

Y lo mejor de todo fue, no sólo que la creí, sino que ¡realmente me enseñó!

A partir de ese momento, fui una esponja, escuchaba sus explicaciones, aprendía a sentir con sus manos, anotaba cada dato, cada observación con cada paciente.

De pronto mi profesión tuvo otro sabor más dulce, era algo más accesible, más sencilla. Me regaló un montón de conocimientos en diagnóstico y tratamientos neurológicos. Me regaló la seguridad profesional que aún no tenía, y colocó los cimientos de lo que ahora soy como fisioterapeuta. Y, lo mejor,
me regaló su amistad y su cariño. Gracias a ella conocí Israel, su mundo, su familia, su esposo príncipe consorte, Natalio, que hubiera sido el padre que habría elegido si me hubieran pedido opinión, el cual sigue siendo alguien muy querido para mí, mi héroe y mi ejemplo en risas y valentía.

Todavía cuando tengo un emipléjicoante mí, escucho su voz suave:

–Cierra los ojos y siente, ¡yo también los cierro como tú!

Mi vieja mochila

Mi vieja mochila

La semana pasada, buscando algo en el altillo de mi armario, encontré entre un par de bolsas una mochila que hacía un siglo que no utilizaba.
Más por nostalgia que otra cosa, la bajé junto con la ropa de nieve, y al verla Virginia, la chica que limpia en casa, me dijo:
–¡que horror! ¡esa mochila está fatal! Le han salido cosas negras y se está deshaciendo….
Bueno, yo toqué esa bolsa y me puse a recordar:
Fue después de irme de Algete, cuando mi vida, mis amigos, mi trabajo, todo lo que hasta ese momento conocía, cambiaron radicalmente.
Entre otras muchas cosas, allí dejé una mochila gigante, de esas que llevan barras laterales, de acampada que se sostenía de pie.
Fui a buscar una sustituta a una tienda de montañismo y la dependienta me comentó que ese tipo de mochilas son pesadas para una mujer, que había nuevos modelos con las mismas prestaciones pero más ligeras y mas ergonómicas.
Me mostró los diferentes tipos, y ¡ahí estaba! ¡Mi súper mochila! Color verde y arena,
Alta, ligera, con montones de bolsillos, con unos tirantes acolchados y cómodos que llevaban una cincha para descargar un poco el peso de mi espalda, con una correa para fijarla en la cintura, y otra pectoral ajustable…. ¡Justo lo que yo necesitaba!
Podía ajustar una tienda de acampar por debajo, instalarle el saco de dormir, y el cuerpo de la mochila se dividía con una cremallera. ¡Que útil! ¡Poder guardar en un lado la ropa limpia y en otro la Sucia!

Todo esto pensaba yo mientras acariciaba la suavidad de su parte posterior y, pese a que valía un montón más de lo que tenía calculado, y en ese tiempo mi economía era menos que mala, haciéndome un regalo, me la compré.

Sería imposible contar las aventuras, los viajes, que he vivido con esa mochila.
Se sabía de memoria la ruta Madrid Granada; encontrar el expreso sierra nevada, cuando llegar a la vía 20 en atocha para coger ese tren, con una maleta, mi bastón y una mochila era poco menos que misión imposible, a cielo abierto, por andenes llenos de ruido, sonidos fuertes, corrientes de aire, justo lo que más desorienta, y acabar en las manos de algún tipo con olor a vino que amablemente me decía dónde estaba el tren.

Mis viajes por todo el mundo con mi mochila: recorrer España con ella, a veces sola, a veces con amigos.

Recuerdo la primera vez que fuimos mi mochila y yo en ave, a finales del 92, sólo por el gusto de probarlo, ya que yo nunca había montado en este tipo de trenes. Madrid, Sevilla, Barcelona, Galicia, país Vasco, Asturias,, Canarias…

Guardaba todo lo que podía necesitar ahí, ya fuera en un fin de semana, o en un mes de vacaciones. Era como el bolso de Mary Poppins, ¡entraba todo! Mi música, mis cintas, mi ropa, mis cosas de aseo, primero el bastón, más adelante los complementos de mi perra….

Viajar a Francia, a Italia, a Alemania, a Argentina, a Cuba, a Israel…. Con mi inseparable mochila.
Dormir con ella en trenes, buses, albergues… usarla de almohada, de asiento, de respaldo, abrazarla en las decepciones o en las despedidas, y bailar con ella en las alegrías.
Ir a buscar a mi primera perra guía, y luego las que vinieron después.
Hacer tres mudanzas de tres casas, sobrecargando tanto sus tirantes como mi espalda, transportando mi vida, mi pequeño mundo a trocitos.

Y ahí estaba mi pobrecita mochila, vieja, desgastada, con su espaldar degradándose, con manchas negras y las cinchas deshilachadas.
Tenía que despedirme de ella, no cabía la menor duda.

Registré por última vez sus bolsillos: aún encontré un par de calcetines, un cepillo del pelo y un paquete de pañuelos de papel.
¿Cómo se despide una de su súper mochila?

Con ella a mi espalda me sentía grande, aventurera, con el universo entero para explorar, ¡y ella nunca me falló!

No he sido lo bastante valiente para dejar en el contenedor, a mi pobre mochila. Mi cobardía me lo ha impedido. Con ella se va más de la mitad de mi vida, con todo lo de apasionante que en ella ha habido.

MI PERRA GUÍA NEVI Y YO CUMPLIMOS DOS AÑOS JUNTAS

Hace unos días que no escribo mucho por aquí, pero es que entre el trabajo y la enfermedad de mi madre, a penas si tengo tiempo de casi nada.
Pero hoy es un día especial:
¡Mi perra guía Nevi y yo cumplimos juntas dos años!
Si, una invernal mañana de finales de noviembre, Pedro Márquez, mi instructor, llegó a casa, y sin mucho protocolo, puso en mi mano una correa y me dijo:
¡vamos! ¡ya es tuya!

Todo esto es simplificar mucho las cosas,, nada fue tan sencillo.
Allá por julio del 2011 tuve que asumir que mi perra guía, bimba tenía que jubilarse, que nuestros caminos juntas ya eran solo paseos cortos y sin gran exigencia.
Luego llegó el decidir si o sí que había que solicitar un nuevo compañero para facilitar mi movilidad, que una cosa es pensarlo y otra muy diferente es poner en marcha el proceso de renovación.
Volver al psicólogo, al técnico en rehabilitación, chequeo médico, ¡con el miedo que me dan los pinchazos! análisis de sangre, ¡iba por ti, ¡perrita! pruebas de fuerza, papeleos, llamadas, ¡un estrés que no os puedo contar….
En la once lo que es fácil se complica por sistema, es como una administración pero en pequeño, se atasca un documento en un despacho por una baja, unas vacaciones o un café a media mañana.
Todo es muy misterioso, cada jefe se da su importancia, y yo, como usuaria de perro guía renovadora, y afiliada a esta institución, asumí y acepté con resignación y paciencia todos sus protocolos.
¡era por ti, ¡pequeña!
Pedro, el instructor que me ha entregado todas mis perras, que me conoce tanto cuanto necesito en mi movilidad, sabe de mis rutas , de mi trabajo y mi modo de entender la vida, pensó que dado que ya soy renovadora, era factible realizar una entrega domiciliaria de mi futura lazarillo.
Me explicó que Nevi, mi nueva perra guía, era una pastora alemana,, que antes que a mí, se la había adjudicado a otro usuario de perro guía, que la persona en cuestión, no supo entenderla, que era una perrita maravillosa, que me lo juraba, que era un encanto. Dócil, obediente y con muchas ganas de trabajar,, que a la vez era muy intuitiva y vivaz.
Me resultaba extraño pensar que mi perrita había sido antes de otra persona,tenía dudas sobre si yo le gustaría, si me compararía con el anterior dueño, él, un hombre de veintipocos años, alto,, yo uno cincuenta y mujer… ¡cuantas incertidumbres!
No es que desconfiara de mi instructor, en absoluto, el instructor en la vida de un usuario de perro guía pasa a ser algo vital, es alguien que tiene que manejar un perro bien adiestrado y una persona ciega con todos sus temores, sus dudas espaciales, y sus inseguridades, tratar de compatibilizarlos a ambos con todas las estrategias a su alcance , en fin, nada fácil.

Y ahí estábamos esa fría mañana mi perrita y yo, cada una con sus miedos, pero con muchas ganas de hacerlo todo más que bien.
Recuerdo cuando la toqué por primera vez, su delgadez,, su pelaje suave, sus orejas de punta.
¡que bonita me pareció!
Tan seria, tan asustada ¡casi tanto como yo!
¡y yo con tantas ganas de abrazarla y decirle que todo iba a salir bien!
Pero claro, había que seguir el guión, probar su arnés, medir el asa para mi altura, sentarla, practicar las primeras órdenes de obediencia: juntos, sienta, quieta….
Yo, que estaba acostumbrada casi a que mi bimba me adivinara el pensamiento, que antes de decir sienta, ella ya estaba en posición.
¡y aquí había que ganarse el respeto una vez más por mi nueva guía!
Recuerdo el primer paseo ya guiando por mi calle, cuando desde la posición de sentada le di la orden de avanzar, ella echó para adelante con una suavidad que me dejó descolocada. Se suponía que era nerviosa, que estaba estresada, pero no, la perrita caminaba a mi lado como si me conociera de toda la vida, a veces giraba su morro y me daba un par de lametazos en mi mano derecha para pedirme permiso, no sé…. El único problema era en este caso el instructor, cada perro es un mundo, mientras Bimba, mi perra jubilada no le hacía ni caso, esta, no dejaba de buscarlo todo el rato, a veces hasta trataba de darse la vuelta.
Desde el primer día me quedó claro que ahí la única competencia que había era él.

Fuimos incrementando las dificultades hora a hora, día a día, largos paseos instructor perra y yo por todo Madrid, ¡menuda paliza nos dábamos! mis manos estaban destrozadas por el nuevo cuero, por el frío y los lametones, ¡pero que bueno sentir el aire en mi cara recorriendo el mundo!
volvía a percibir esa sensación de libertad caminando que solo un buen perro guía puede darme.
Os juro que ni con amigos, ni pareja, ni familia, nada, ¡la libertad es andar sin miedo por una calle amplia con mi perra!

Fue una semana dura, hubo momentos para todo, miedo en cruces, dudas por parte de las dos en situaciones complicadas de tráfico y calles difíciles,visitas a mi puesto de trabajo en el hospital… ¡pero pudimos con ello!
Y Después de hacer la gran prueba yendo solas desde Luchana hasta cuatro caminos y volver, ¡superamos el examen y ya éramos una unidad!
Y desde entonces hasta hoy, esta es mi compañera:
ha aumentado un poco de peso, sigue teniendo aspecto de juguetona, aún siento que tiene miedo por si yo tampoco la quiero, y me busca esté donde esté, y de vez en cuando necesita mis caricias.

Realmente es la perra mas afectiva que he tenido en mi vida, cariñosa hasta más no poder.
¿y que puedo decir de su trabajo?
¡si hasta los árboles se apartan cuando paseamos por Madrid,
¡juntas volamos!

Estoy tan agradecida, ¡que hasta agradezco a su anterior usuario que no la comprendiera, porque eso hizo quepudiera tenerla yo!

Gracias Nevi por llegar a mi mundo, por compartir conmigo cada instante.
Gracias por hacer que mi camino solo sea eso, un camino sin obstáculos para recorrer contigo.

NOCHE DE URGENCIAS

Una Odisea sanitaria

El pasado día 30 de octubre, mi madre, a sus 80 años, y con un historial médico digno de una superviviente, resbaló en su dormitorio, dando en tierra con toda su humanidad.

A partir de ahí, me siento en el deber de contar cómo se desarrollaron las cosas en las siguientes 36 horas, en un cúmulo de irresponsabilidad, desidia y mala praxis médica, aunque también me encontré solidaridad, sentido común, y la comprobación fehaciente de que el sistema sanitario deja mucho que desear, y que es la cosa más deshumanizada y fría,
Sólo salvada por los profesionales de la salud, sin cuya vocación, entrega y sacrificio, No sé qué sería de cualquier enfermo necesitado de visitar las urgencias en un hospital de provincia tan desbordado de trabajo, como escaso de profesionales y disponibilidad de recursos.

Mi hermana, cuando vio que mi madre estaba bastante afectada, llamó al médico de cabecera, el cual, sin pasarse por casa, y viendo la historia clínica de mi madre, dijo que no era necesario llevarla al hospital, que se le iría pasando, que podía ser un pequeño infarto cerebral (¡ole por el diagnóstico a distancia!), y que casi que era más trastorno que otra cosa para la paciente.
Esto es, cuando menos, sorprendente; pero si el médico lo decía….
El jueves 31, yo salí para mi pueblo, pues había pedido un día libre para sumarlo al 1 de noviembre, fiesta en todo el país.

Mi madre iba a peor, y así las cosas, sugerí a mi hermana que volviera a llamar al médico y que la visitara. Aunque la llamada se efectuó sobre las 11, no estuvo, aunque sí se le esperaba antes de las dos de la tarde
Y total para insistir en que no valía la pena llevarla al hospital con su historial, que él si fuera su padre no lo llevaría; pero que si nos íbamos a quedar más tranquilas, mandaba una ambulancia ya.

No parece que el tal vehículo anduviera muy distante de la desidia y la calma del doctor,
Pues una mujer que a duras penas podía sostenerse sentada, que entre cuatro personas no éramos capaces de tumbarla, imaginad cambiarle el pañal, ya que se había hecho pis, la pobre, sin comer, a penas sin poder hablar y con una inmovilidad total,
Pasaban las horas y la ambulancia no venía.
Mi sobrino fue de nuevo al ambulatorio, a interesarse por lo que pudiera pasar con esa ambulancia, ya que la abuela estaba fatal, y le explicaron que la solicitud estaba hecha, pero que había habido un accidente en otro pueblo, y que eso tenía preferencia, que en cuanto llevaran los heridos a Granada, iban a recoger a la Salvadora.
Y así pasaron tres terribles horas de desconcierto, inquietud y confusión .

Por fin apareció la ambulancia, con un solo sanitario, el propio conductor, con una camilla de esas manuales. Manejar un cuerpo sin fuerza como el de mi madre e instalarlo en esa camilla manual, subiéndola y bajándola con una palanca a golpes, que si no es por mi sobrino que estaba allí, ni mi hermana ni yo hubiéramos podido con algo así…

En fin, respiramos cuando mi madre estaba instalada en la ambulancia rumbo al hospital de Granada, donde comenzó la nueva aventura, los nuevos filtros, registrarse, decir qué le sucede, y pasar dentro sobre la misma camilla ambulanciera, a una sala llena de gente, cada uno con lo suyo, todos sentaditos en sus sillas de ruedas.

Sólo un familiar por paciente, rogaban las enfermeras. ¿Alguien hacía caso? pues nadie.

Noche de Halloween, gente por todos sitios. La sala de espera a rebosar, Jamás hubiera asociado unas urgencias hospitalarias con tamaño bullicio.
A veces pienso que cuando algunas personas están aburridas, sobre buscarse otro sitio en que pasar la tarde, eligen las urgencias. Ahí, en urgencias, ¡menudo ambiente! y más una noche como ésa:

Mamás con niñas pintadas de Halloween: ¡que es que le duele la tripa a la nena!
Otra mamá coraje, ¡que a mi niña le duele la garganta! y el colmo: saliendo de la urgencia un matrimonio con su retoño de 13 años, del mismo pueblo que nosotras, que es que al niño le dolía el dedo, le han hecho radiografías y no tiene nada roto….
¿así ha de ser una urgencia?

Y mientras, la Salvadora, esperando en su camilla, con la mirada perdida, 24 horas sin comer ni ingerir líquidos, hasta arriba otra vez de pis, y sin a penas hacerse entender.

Y así cinco horas de reloj, hasta que nos llaman al box 10, donde una jovencita médica residente de primer año, nos atendió. ¡pobre chica! ¡si me daban ganas de darle 50 euros y que se fuera de Halloween con sus amigos!

Hizo un buen historial clínico, pese a que el ordenador le iba fatal, le fallaba la aplicación sanitaria, y estaba sufriendo porque llevaba un retraso de cinco horas, y estaba sobrepasada por la cantidad de enfermos de esa tarde. El enfermero dijo: ¡y eso que hay partido del Granada!

En cuanto la doctora vio la gravedad de la paciente, pidió rápidamente analíticas, TAC, placa de tórax… y pasamos a otra sala con, por lo menos, 15 pacientes hacinados unos en sillas de ruedas y otros en camilla, junto con los familiares correspondientes.
Ahí estábamos todos, uno vomitando, otro quejándose….

Por suerte la Salvadora estaba adormilada y ya con el suero puesto, rehidratándose. Nos fueron llamando para las diversas pruebas diagnósticas, y el TAC alarmó a la doctora: ictus hemorrágico cerebral….
¡Con el riesgo que supone!

Con todas las prisas, ahora sí, la llevaron a observación, la medicaron adecuadamente, y la asistieron y atendieron sus necesidades como tendría que haber sucedido quizá 36 horas antes.

¿no hay otra manera de que el sistema funcione?
Las urgencias de los ambulatorios, ¿no deberían atender la mayoría de los casos que van a la urgencia de los hospitales?
¿Sería posible visitar urgencias realmente cuando se necesita?

¿NOS MERECEMOS ESTO?

El martes pasado, día de huelga en la sanidad madrileña, me tocó formar parte de los servicios mínimos en el turno de tarde en el departamento de fisioterapia de mi hospital.
Ya que tenía que estar allí, decidí sustituir la chaquetilla habitual de fisioterapeuta durante la jornada laboral, por una camiseta reivindicativa con mensajes sobre la sanidad pública para todos, sanidad universal, y todo eso que los que vivís en Madrid sabéis que estamos tratando de evitar, como es la enajenación de unos hospitales que hemos pagado todos los madrileños, y que por más que se empeñen en convencernos de lo contrario, tras su venta, la calidad sanitaria empeorará, así como los sueldos y las condiciones laborales de los profesionales de la salud.

Por razones que no hacen al caso, hube de pasar un momento por el control de enfermería, donde presencié algo que me dejó sin palabras, a punto de renunciar a todos mis argumentos ya sea para mi pequeña lucha, mi pérdida de sueldo cada vez que hago huelga, y hasta se me habrían tambaleado mis ideas, de no haber sido por mi optimismo exagerado que me permitió recuperarme, en una rápida reacción ante lo que no merece distraer ni un ápice nuestra atención.
Se acercó una señora al control y, de forma impertinente por demás, preguntó si no había un jardincito para que su padre (allí ingresado por un ictus reciente), pudiera pasear.

El hospital donde trabajo está situado en la calle Francisco Silvela, en la frontera entre el barrio de salamanca y la guindalera, o sea que un jardincito para que paseara el papá de la señora, sería algo imposible.
No obstante las corteses y razonables explicaciones de la enfermera y la auxiliar, la señora, ya no molesta, sino enfadada, insistía. Y cuando las profesionales le indicaron la conveniencia de que, en aquel momento y estado, su padre debía permanecer en su habitación, entonces fue cuando se pronunció la susodicha dama en términos tales como: ¡pues vaya sitio de rehabilitación, un lugar donde no había ni un árbol para respirar aire puro,, ni un paseo para su padre con naturaleza alrededor, que cómo iba a mejorar ese hombre en ese entorno….

Yo, con mi camiseta rebelde, pensé en ese diálogo absurdo (pero igualmente lo habría pensado sin ella): A esa señora no le preocupaba si había medicación suficiente para su padre; si tenía los cuidados adecuados en fisioterapia o enfermería. No; ¡sólo le preocupaba si había un jardín en el hospital!
Y, analizando la situación, me pregunto: personas como esta señora ¿Qué creen que es la sanidad pública madrileña? ¿En que mundo maravilloso vive para pedir como algo irrenunciable un jardín para su padre?

Médicos hay que van a la calle en tandas de 700. Enfermeros y fisioterapeutas dejan de ser contratados o, peor, se les vuelve a contratar por la mitad de su sueldo anterior.
La limpieza, los servicios generales, los administrativos, mantenimiento, todo se convierte en contratas de contratas que se entregan a amigos de amigos de amigos del consejero; ¡pero nuestra señora y, como ella, muchas señoras y también señores, sólo notan la carencia de un jardín!

Viendo escenas como la referida, se me cae el alma a los pies. Se me pone la cara de egoísmo que tanto critico de algunos compañeros, y me pregunto si vale la pena perder tiempo y sueldo, a cambio de tensiones y riesgos por gente así, pues con este tipo de personas, es inevitable plantearse que

¡TAL VEZ TENGAMOS LO QUE NOS MERECEMOS!

Bailando con lobos

Bailando con lobos

A parte de una película preciosa, la frase bailando con lobos es un mote que los instructores de la escuela de la once de perros guía, Juan Luna y Pedro Márquez me pusieron cuando fui a recoger a mi perra guía Heidi, una pastora alemana, la cual tuve que despedir el 16 de agosto del 2004.
Cada mañana cuando me levantaba en la escuela, ponía música en el reproductor del libro hablado que nos dejaban, bailaba y jugaba al ritmo de la música con mi perrita que, en esos tiempos era joven, juguetona y llena de vitalidad.
Así fue como los instructores me pusieron ese mote.
En la actualidad tengo tres perros: Bimba, mi perra jubilada, una labradora blanca que vive para comer y dormitar; Xito, un pastor alemán que adoptamos como futuro perro guía, que se quedó en solo perro pues en los tres meses que estuvo en la FOPG no aprendió más que a ladrar.
Y luego está Nevi, mi actual perra guía, otra pastora alemana que es la que me acompaña paso a paso, y hace que mi vida en este Madrid lleno de barreras arquitectónicas, sea más amable en mi caminar.
Cuando cuento a la gente esto de convivir con tres perros, se quedan sorprendidos. Realmente no es para tanto, lo malo es pasar de el primero al segundo, luego ya da lo mismo.
Debe parecerse a lo de tener dos o tres hijos.
Mis perros la mayor parte del tiempo se lo pasan durmiendo cada uno en su colchoneta.
Eso sí, se nota un poco en el presupuesto del veterinario, o en los sacos de pienso, también en el número de bolsas de recoger cacas que debo llevar en el bolsillo, pero por lo demás….. ¿Qué puedo decir?
¡Me encanta!
Es cierto que hay momentos de caos en mi casa a la hora de dar la cena a los tres, o cuando tocan el timbre ahoras extrañas, también la cantidad de pelos por baldosa es superior a la media normal, pero como dice el refrán: ¡donde hay pelo hay alegría!
Nunca imaginé que lo de bailando con lobos podría ser tan real como en este tiempo, y cuando pongo en el equipo de música según que canciones, mis tres perros aparecen del rincón donde quiera que estén roncando, se ponen a girar alrededor de mí, a frotarse en mi muslo, y a jugar a ritmo de salsa o bachata.