Visita al museo arqueológico

Desde que se inauguró después de sus obras el museo arqueológico de Madrid, estaba deseando hacerle una visita, ver como había quedado, y qué tal su accesibilidad.
Como he dicho alguna vez, un museo con sus vitrinas, con sus carteles de no tocar, sus salas de distribución enrevesada, en principio no es el sitio ideal para una persona ciega.
No se puede disfrutar cien por cien de sus exposiciones, ni de su gran aporte cultural, dadas las circunstancias.
Pero hay museos y museos, personas y personas, y en este caso, por lo que me ha costado, que ha sido gratis, ya que las personas con discapacidad no pagamos en los museos estatales de España, creo que más jugo no le podría haber sacado a esta visita.

Me encanta la historia, y en un sitio así, es donde una puede hacer un recorrido a través del tiempo, entre objetos desde 5000 años antes de nuestra era, sintiendo la evolución del ser humano en todas sus capacidades.

El museo arqueológico es un edificio compartido con la biblioteca nacional. Situado en la calle Serrano 13, en la zona de Recoletos más o menos. Es fácil llegar a él, pues muchos autobuses, metro y tren nos deja cerca de él.
El museo consta de 40 salas que van desde la prehistoria hasta casi nuestros días.
A veces por temas, por culturas, por países….
Su acceso es bueno, con rampa de poco declive, o sea que alguien que vaya en silla de ruedas le es fácil su desplazamiento en todo el recorrido.
Una de las pocas cosas que tengo para criticar en su accesibilidad, es que si bien hay un QR para descargarse las audio guías, este está a tal altura que si no es porque iba con alguien que ve, hubiera sido imposible localizarlo.
Tan útil que nos son los QR para disfrutar de los contenidos multimedia.
A través del QR descubrí que podía bajarme una aplicación para el iphone que me ha ido guiando por todas las salas donde había zonas táctiles.
Yo esencialmente esta vez solo he ido a las zonas táctiles de cada sala, pues no disponía de más tiempo.
Entre la audio guía, los planitos en relieve y los rótulos en braille lo cierto es que me ha encantado tanto el museo como todo lo que ha llegado a mis manos y he disfrutado dimensionándolo e y dejándome llevar entre retazos de leyendas e historia.
Una vez más, mi lectura de novelas junto con las texturas de altos y bajos relieves, cascos romanos, hachas de bronce, pinchos, lanzas, puntas de flecha de sílex, cerámica, piedras talladas, monedas…. Han disparado mi imaginación al máximo transportándome de Mesopotamia a roma, de Grecia a la edad media, pasando por Egipto, y la misma y vieja Hispania con sus trocitos de historia y sus grandes yacimientos.

Caminar por las salas del museo arqueológico, con su acogedor suelo de madera, disfrutando al poder tocar un alfabeto árabe, o una evolución de la escritura desde un dibujo simple a una palabra cuneiforme, o poder tocar el mapa de Roma al completo cuando Roma era un señor imperio, todo a la altura de mis manos en relieve y en braille.

Bien, os lo recomiendo, es hermoso dimensionar la historia en un par de horas.
Yo repetiré para disfrutarlo más, y entrar más en detalle con sus exposiciones y sus salas.

Os dejo su web:

Visita al Museo Arqueólogico de Madrid

Sala de mosaicos romanos
Salvi en el Foro romano

Los riesgos de la seguridad

Hace tiempo que no cuento nada sobre mis aventuras por Israel, aunque en este caso, más bien sería mi aventura hasta llegar al avión de Elal para viajar a este país, lo que voy a relatar.
Decidí viajar para Pesaj ese año, a ver a mis amigos, aprovechando que por casualidad la Semana Santa de España coincidía con las fiestas de Israel, lo que me permitía sumar días y ampliar las incipientes vacaciones. En esa época yo no tenía perra guía aún, de modo tal que acompañada de mi bastón, mi maletita y mi vieja mochila, al aeropuerto de Barajas que me encaminé.
Como sólo sabía en qué terminal debía tomar mi vuelo, gracias a los buenos servicios de un ciudadano amable, me vi ante un mostrador de información.

Nos situamos en 1993, plena guerra del golfo,
Y mi desconocimiento era total sobre las precauciones de seguridad a nivel internacional, así como las propias de Israel.
Si bien en la actualidad todas las medidas que viví entonces ahora son lo normal en cualquier viaje, en cualquier aeropuerto, entonces yo me quedé desconcertada:
Me hicieron esperar aparte, y poco después, hizo su aparición un señor muy serio, que en un correctísimo español, empezó a preguntarme:
Nombre, apellido, nacimiento, trabajo… tantas preguntas seguidas y yo ya con la mosca detrás de la oreja (¿qué le importa a este tipo mi vida? ¡que se me escapa el avión!)
¿viaja con el grupo de peregrinos del padre escudero?
-No señor.
-¿y por qué?
-Pues ya ves…
Se vuelve a repetir la pregunta:
´-¿viaja con el padre Escudero?
-No señor, viajo sola.
-¿y por qué?
-Pues…. (¿quieres tú viajar conmigo?)
-¿quién te ha hecho la maleta?
(y no, paternalismos los justos).
-¡la maleta me la he hecho yo!
-¿con quien vives?…
-Con mi gata, a lo mejor ella me ayudó a hacer la maleta, ¿te vale esa respuesta?
Y así una hora de vacile por mi parte, de mosqueo por parte de ese señor tan rijoso de Elal que no paraba de tocarme las narices.
Y yo mirando la hora.
– Pero bueno, ¿qué sentido tiene todo esto?
-Si no vas con el padre Escudero….
-¡si me nombras otra vez al padre escudero no sé lo que hago!
¡voy a casa de mi amigo Natalio Kirchuk!
¡palabra mágica! El señor tieso, tan tieso él, de repente se quedó en silencio:
-¿kirchuk? ¿kirtchuk? ¿de qué lo conoces? ¡es primo mío!
¡dile que soy -Daniel!
¡Haberlo dicho antes! Esto son medidas de seguridad. No te preocupes y contesta a todo lo que te pregunte, sólo es para evitar atentados, no es nada….
En fin, mi amigo Daniel de pronto era otro, amable, divertido, ya las preguntas no las vivía con la misma agresividad ni, por supuesto, con la misma tensión.
Me reí de su manera de preguntar, y al final nos caímos genial.

No pude evitar preguntarle por qué razón me quería colocar con el padre Escudero.
Su respuesta fue que todas las personas ciegas que viajaban a Israel, lo normal era que fueran en un grupo de peregrinos.
Ya. Tan normal como que él fuera el primo de mis amigos ¿no?

El Abuelo Sefaradí

Encuentro con un abuelo Sefaradí

A raíz del proyecto de ley que el 7 de febrero se publicó, por el cual los judíos hijos descendientes de Sefarad, que tuvieron que salir corriendo de España por culpa del edicto de 1492 de los Reyes Católicos, cuantos tengan apellidos sefaradís, podrían optar a la nacionalidad española, he recordado algo que me ocurrió en mi primera visita a Masada en Israel.

La fortaleza defensiva de Masada es un conjunto de palacios cuya construcción data por lo menos de la edad de bronce.
Está ubicada en el Estado de Israel, en el límite oriental de Judea, a 5 Km. del Mar Muerto, y frente a la antigua pen´nínsula de Lisán.
Ha sido escenario de múltiples asedios, aunque el más recordado es el que sucedió en el año 73, donde todos los habitantes de la población, al mando del comandante Eleazar ben Yair, decidieron, dado que el suicidio está prohibido en la religión judía, matarse unos a otros para que cuando los romanos entraran allí, no encontraran a nadie para hacerle esclavo.

Nada más llegar a la fortaleza, nos presentaron un audiovisual contando toda la historia de la fortaleza y sus palacios, así como de sus reyes, y las diferentes revueltas.

Luego subimos en un teleférico que nos llevó a la zona de las edificaciones históricas.
Ahí comenzó la magia, como en cada sitio que visito en Israel, el calor, el silencio interrumpido por algún grupo de turistas, los sonidos de nuestros pasos por esas piedras llenas de historia y de leyendas no escritas….
A pesar de no ser una edificación fácil de adaptar, si que había rampas para acceder a casi todos los lugares, pero lo que más me sorprendió fue que en cada palacio hay una maqueta a escala, para que una persona ciega como yo, pueda dimensionar las distancias, el enclave, la colocación y la forma de cada construcción.

Recuerdo con cariño a Ilán, nuestro guía oficial, que con toda paciencia me hacía tocar cada pieza, cada pared, y que me dejaba grabar sus explicaciones, las cuales conservo con todo cariño, y desde aquí deseo que mejore su salud y siga igual de alegre haciendo disfrutar a todo el mundo a su lado.

Fue al bajar del teleférico, cuando fuimos a la cafetería, y nos mezclamos con un grupo de turistas turcos judíos, de repente un abuelillo se paró en seco frente a nosotros, y comenzó a cantar:

Cuando el rey Nimrod al campo salía,
Mirava en el cielo y en la estrellería,
Vido una luz santa en la judería,
Que havía de nacer Abraham Avinu.

Abraham Avinu, padre querido,
Padre bendicho, luz de Israel….

YO, que soy una enamorada de la música sefardí, me quedé sorprendida, ahí, al pie de Masada, un montonazo de gente desconocida, grandes pequeños, camareros, y vendedores, a pleno pulmón cantando, bailando y dando palmas, ¡si hasta el propio Ilán se sabía la cancioncita!
¿Cómo podía ser que gente tan diversa supiera esa canción?
Cuando acabamos, el abuelo comenzó a hablar con nosotros, nos contó que llevaba 40 años sin hablar sefardí, que se había casado con una rusa que no sabía hablarlo.
Preguntó que de dónde éramos, y me presentaron, él, tan contento de hablar con alguien de Sefarad, como si fuera la mejor cosa que le había pasado en mucho tiempo.

¿cuántos abuelos cantarían la canción del rey Nimrod a sus nietos desde la expulsión de los judíos en España?
¿Cuántos niños batirían palmas cantando y bailando con el legado de sus abuelos españoles?
Me sentí tan emocionada allí, dando palmas en aquél marco incomparable, que no sabría explicar.

Aquí os dejo una de las versiones del rey Nimrod para que la podáis escuchar:

Serie Jerusalén 4. Yad Vashem

Serie Jerusalén.

El museo del Holocausto

“Quien salva una vida, salva al mundo entero”.

“Esta lista es el bien absoluto. Esta lista es la vida. Más allá de sus márgenes se abre el abismo”.
(De la película ‘La lista de Schindler).

Jerusalen Institucional Museo del Holocausto 3

¿Cómo transmitir en palabras lo que sentí al visitar el museo del holocausto en Jerusalén?
Creo que todos los seres humanos, y hasta los seres divinos, deberían darse una vuelta por este complejo de edificios situados en
Ein Karem, en la ciudad de Jerusalén, 
En un entorno maravilloso.
 
Cuando este museo quedó agregado a mi lista de visitas en la ciudad de Jerusalén, ni de lejos imaginé cuántas emociones se iban a remover dentro de mí, cuántos sentimientos, cuánta rabia, cuánta ternura, cuánto respeto hacia todos los hombres y mujeres que sufrieron el holocausto nazi, los que sobrevivieron y los que ayudaron y siguen ayudando a la memoria de este tremendo genocidio.
 
En general, los museos son sitios donde una persona ciega se siente un poco extraña: casi todo es para ver; a penas si permiten tocar algún objeto.
Sí, me diréis que están esos audios, que en la entrada nos pueden dar algún folleto braille con un mapa en relieve para ir ubicando los objetos en el lugar exacto; pero éste es uno de los sitios donde el dicho de que una imagen vale más que mil palabras, queda pintiparado.
 No obstante, en elYad Vashem o museo del holocausto, de Jerusalén, yo, desde luego no me sentí como cuando he visitado otros museos.

Para empezar, los diferentes grupos que predominan en este museo, por lo que pude apreciar en mis varias estancias, suelen ser judíos turistas, con lo cual, es impresionante caminar entre los diferentes colectivos y comunidades; escucharlos hablar en varios idiomas, incluido el español, y estremecerse con sus frases, sus palabras, sus expresiones.
 Influyen también, desde luego, los conocimientos históricos, así como lo sufrido a través de lecturas, documentales y películas relativos al genocidio nazi,
que contribuyen a aguzar la sensibilidad.

El recorrido por el museo, es una especie de zigzag, de abajo hacia arriba del edificio. La delicadeza con que están distribuidos los objetos; el esfuerzo por recrear cuantos sucesos ocurrieron en el holocausto de la segunda guerra mundial, en un tema tan sensible, sin llegar a ser ni morboso ni exagerado sino todo lo contrario; cada dibujo, cada escultura,, cada trocito de aquella época, está tratado con gran cariño y máxima elegancia.

Debo aclarar que en este museo no sentí que aquello fuese un homenaje a la muerte, ni al resentimiento; sino, más bien, un canto a la vida, pese a tanto dolor como se desprende de cada paso a lo largo de todo su recorrido.

Los guías iban desgranando datos, por más que para mí, sus voces formaban parte de ese todo que iba avanzando con cada uno de mis pasos, en el encuadre histórico de las comunidades judías en Alemania antes del ascenso de Hitler al poder, caminaba con una especie de mareo, mientras comenzaban los acosos y asesinatos, el sonido de los cantos y los gritos fanáticos de los millones de nazis que, implacables, se reproducían en los monitores.

La sensación que notaba era como de un movimiento extraño, como si estuviera ascendiendo por una pendiente que dificultaba sensiblemente mantener la marcha y el contacto con el entorno.

Las voces de los turistas, a medida que avanzaba la historia, paulatinamente, iban perdiendo su tono, que se reducía lentamente a la forma de murmullo.

Las comunidades judías que antes se veían felices, se van viendo marcadas con pintadas antisemitas.
El nazismo se constituye como poder,
La noche de los cristales rotos, recreada con trozos de tiendas judías reventadas.
Cada vez que mis amigos o el guía me leían algún cartel, o se escuchaba alguna anécdota, mi estado de ánimo languidecía y se entristecía más y más.

La gran montaña de libros para quemar; la vida en los guetos; los campos de concentración; las investigaciones genéticas y el antisemitismo en toda la sociedad; la persecución, búsqueda y control de las familias judías.

La máquina de matar, los uniformes, las literas, letrinas… todo cuanto sucedía en la vida de los campos de concentración.

Los trenes de la muerte, con el vagón donde se trasladaba a los presos; el gas ciclón; las cámaras de gas; las vagonetas transportadoras de cadáveres y los hornos crematorios.

El fin de la guerra, la liberación de los campos de concentración,
La constitución del estado de Israel.

Todo en un recorrido tremendo, lleno de imágenes, sonidos y aromas que acongojan a cualquier persona con un mínimo de corazón.

Culmina el ascenso del edificio con la bóveda del recuerdo vista desde arriba con fotos, dibujos y símbolos y, al fondo, ese abismo, ese pozo del terror, donde queda plasmada de forma alegórica la maldad del ser humano.

Ahí, justo antes de salir de nuevo al exterior, a respirar y volver a reconciliarnos con la humanidad, fue donde mi corazón se encogió, donde fue inevitable necesitar a cuantas personas tenía a mí alrededor, para tomar fuerza, y suplicar desde lo más profundo, que jamás se pueda repetir algo así.

Jerusalen Institucional Museo del Holocausto Terraza de la esperanza 1

Salir de nuevo a los maravillosos jardines, a esa amplitud tan bien diseñada, tomar aire y pasar otro trago duro:
Es la visita siguiente al Yad LaYeled, lugar donde entramos a oscuras, agarrados a una barandilla, donde se rinde homenaje al millón y medio de niños judíos que perecieron en el holocausto o desaparecieron.
Se lee en todos los idiomas, el nombre de todos y cada uno de los niños, su fecha de nacimiento y su lugar de origen, a lo largo de todo el día.
¡Es impresionante esta sala!

Y, por fin, una esperanza: el bosque de los justos, donde hay plantado un árbol por cada persona o asociación que colaboró a favor del pueblo judío. Entre otros está el famoso Oscar Schindler.
Y tres españoles cuyos esfuerzos están reconocidos:
Ángel Sanz Briz, Eduardo Propper De Callejón y José Ruiz de Santaílla, y su esposa Carmen schrader.

Por más que he releído varias veces este texto, no sé si he sabido plasmar cuanto viví y sentí, aunque creo que no, pues las palabras difícilmente podrán asumir las vibraciones que el lugar encierra.
lo recomendable es visitarlo, y así podréis comprobar en vuestra propia piel, qué se siente, qué se respira ahí.

Cartel en sefaradí Museo del Holocausto 2

Serie Jerusalén 3

Serie Jerusalén3

Jerusalen Acceso al Sepulcro

Otra del Santo Sepulcro.

De Mis visitas al Santo Sepulcro podría contar mil historias, pues tanto la Basílica como todo cuanto acontece ahí, no tiene desperdicio. Pero me voy a ceñir al máximo motivo de este monumento: el propio Sepulcro, en el cual los restos mortales de Jesús reposaron durante unas horas, y al tercer día resucitó de entre los muertos.

Para entrar al recinto específicamente es necesario que el guardián ortodoxo nos permita pasar , pues son los ortodoxos en exclusiva los encargados de vigilar el edículo, donde se ubica la piedra propiamente dicha, bajo la cual está la sagrada lápida, donde reposaron   los restos mortales de Jesucristo.

En mi última visita, me encontraba yo haciendo cola junto con todos los turistas, devotos y no tanto, para besar la piedra que está encima de la verdadera piedra del Santo Sepulcro, cuando el guardián del recinto , por hacerme un favor, o una obra de caridad que lo aproximara más al Cielo, se acercó a mí y, notando que yo era ciega, me tomó de la mano para que lo acompañara, adelantándome de la larga fila de pacientes peregrinos.

Debo decir que el señor guardián no parecía haber visitado la ducha en varios días, por lo que al agitar sus carnes y su hábito, exhalaba unos efluvios acres, propios de las regiones axilares mezclados con ese aroma a rancio que emanan los curas viejos, con independencia del culto que practiquen, junto con una insoportable fetidez
Derivada de la más despiadada Hlitosis.

El señor pope, nada más tomarme de la mano, me preguntó mi nombre. Yo contesté que Salvi y, por las dudas, que Salvadora, como mi madre, como mi bisabuela y mi tatarabuela, a lo que el hombre contestó con destemplada voz:
¡Salvadora no! Silvana!

Ante semejante afirmación de tan eminente señor, yo, que estaba a punto de atravesar la puertecita de los Ángeles, que es una entrada para gnomos, justo antes de llegar ante la santa piedra, me callé y respetuosamente dejé que su eminencia presionara con fuerza la parte posterior de mi cabeza, para poder instalarme frente a la sagrada lápida de un empellón. Y ahí me dejó sola ante el peligro, de rodillas, frente a siglos de piedras, frente a siglos de Historia.
¿Cuánta gente no habría rezado ahí? ¿Cuántos peregrinos encontrarían sentido a todo esto? De repente me sentí muy afortunada por poder realizar el sueño de tantos devotos cristianos, de haber llegado sana y salva al final de mi camino.

Y pasaba el tiempo, mis rodillas iban doliendo un poco, mi pierna derecha se iba acalambrando…, ¡y el Cura ortodoxo no me sacaba de ahí!
 
Y el tiempo seguía pasando.

Me levanté con cuidado y respeto, pero la voz terrible del pope me gritó:
¡stai! ¡Silvana!
Y nuevamente me arrodillé,, no fuera yo a ofender la sensibilidad de este buen religioso.
Y volvieron los calambres, los sudores, el dolor de rodillas……
Al principio entraban y salían turistas besando las piedras, arrodillándose y rezando; pero en un momento dado, ¡ahí que me quedé yo solaza!
¡que miedo! Pensé en lo que tenía en el bolso, un paquete de chicles y media botella de agua. ¡por qué no habría echado yo unas chocolatinas!

Me imaginé que se olvidaba de mí el pope, que cerraban la puerta de David el Gnomo,  hasta la gran puerta de la Basílica, que me quedaba ahí para siempre, ¡y que me tendría que comer de cena el envoltorio de los chicles! y en éstas que me surgió la duda: Este Señor Jesucristo, el de la lápida, ¿habrá resucitado de verdad? O estarán ahí sus Santos Huesos y van a hacerme a mí una demo del poder divino?

¡qué sudores me entraron!
¡vi pasar mi vida como en una película de ésas!

Y, en fin, por no extenderme en esto más, cuando los calambres amenazaban con romperme el semitendinoso, el semimembranoso y hasta el bíceps femoral, cuando mis rodillas no aguantaban más, ¡oh milagro! Apareció mi salvador (que no silbano), en forma de pope maloliente y me salvó (que no silbanó),de mi miseria! Tiró de mi brazo y me sacó del recinto a la basílica con la misma brusquedad con la que me había introducido en él. Y con un empujón, me lanzó a los brazos de mis amigos que ya estaban preocupados por mi tardanza.
 
  Seguro que un buen cristiano de esos de los de toda la vida y toda la fe, hubiera sacado más partido a esos minutos demás que el señor Pope me dejó estar.
 
En cambio yo… ¡la alegría que sentí al salir de ahí!
 

Serie Jerusalén

Serie Jerusalén

El Santo Sepulcro

Continúo con mi serie de aventuras y sensaciones de Jerusalén, y esta vez os cuento sobre la iglesia del Santo Sepulcro.

No quiero entrar en discusiones religiosas ni históricas a favor ni en contra de este tinglado que tiene ahí montado la humanidad. Sólo contaros lo que yo sentí allí.

Para que entendáis un poco de qué va esto, unas pequeñas nociones sobre esta basílica situada en la ciudad vieja de Jerusalén, construida sobre el templo de Venus que erigió a esa diosa el emperador Adriano.

La iglesia del Santo Sepulcro se considera de estilo paleocristiano, construida hacia el siglo IV, a petición del emperador Constantino, y su madre, Santa Elena, que para mí, que le ponían en la sopita algo a esa señora, pues menuda imaginación tenía!
Nada más y nada menos que ahí, en ese trocito de Jerusalén, es donde está lo máximo del cristianismo: la crucifixión, enterramiento y resurrección de Jesús, ¡casi ná!

Y todo esto se ubica ahí no porque en la realidad fuera ese el lugar donde los santos sucesos se desarrollaran, sino porque la emperatriz Elena debió considerar que era más práctico tenerlo todo ahí juntito, más a mano, porque lo que es rigor histórico, poca cosa.

En esta basílica, como en todo Jerusalén, cada cual, quiere pillar un rincón para instalar su tenderete, armenios, católicos Ortodoxos, ortodoxos rusos, católicos romanos, coptos, asirios…… ¡para qué voy a seguir con la lista!
Además, aquí es donde el patriarca ortodoxo de Jerusalén, así como el obispo latino, digamos que tienen sus oficinas.

Este santuario, punto final de la peregrinación de cualquier cristiano que se precie,, que desee indulgencia plenaria, y su lugarcito en el cielo, la sensación que da es que lo es todo menos cristiano.

Si Jesucristo levantara la cabeza, no iría al templo de sus hermanos judíos a dar latigazos, no. Donde se quedaría bien a gusto sin duda, sería en el Vaticano. Pero aquí, en esta Basílica también echaría unos cuantos mercaderes del templo…

Dos veces he visitado el santo sepulcro y su basílica: la primera vez nuestro guía fue un guía oficial del estado de Israel, Ilán, una persona con tremendos conocimientos históricos. La segunda vez, nos mostró el santo sepulcro Leonardo, un muy creyente católico, con grandes conocimientos sobre arqueología bíblica, y la custodia de tierra santa.

En ambas ocasiones tuve la misma sensación de frivolidad, de asfixia, de saturación, de sobrepasar los límites de la fe, de la religión ¡y eso que soy agnóstica!

La gente entra y sale sin ninguna consideración hacia los que andan rezando, besando el suelo y las paredes de la iglesia.
Los cristianos integristas vocean sus rezos a pleno pulmón.
Los turistas con sus guías gritones mezclados con los sacerdotes.

Yo me vi caminando a codazos entre sotanas y hábitos de todos los diseños que os podáis imaginar, no olvidéis que ahí hace un calor tremendo, pero eso no evita que los religiosos vayan bien tapaditos, no vaya a ser que Dios se asuste de ver sus cuerpos.
Nada de minifaldas, nada de pantalones por encima de las rodillas, porque si no, ¡al recinto del santo sepulcro no entrareis jamás! Ya el pope ortodoxo de guardia os hará cambiar el atuendo para arrodillaros ante la piedra santa bien cubiertos.

Ese olor a sudor, a velas, a incienso y a sitio viejo; ese sonido de gente rezando, cantando salmos, interruptores de cámaras, y todo el rato haciendo cola: que si para la piedra de la deposición, que si para el calvario, que si para la capilla de Longinos, que si para el sepulcro…. ¡y hasta para el baño!

Con respecto al baño quería contar una pequeña anécdota: Para empezar, tanto pudor cristiano y resulta que los baños de la iglesia del santo sepulcro son mixtos. Esto quiere decir que lo mismo estaba yo haciendo pis,, y escuchaba en el váter de al lado, al mismísimo patriarca de Constantinopla soltando un par de ventosidades, eso si, unas ventosidades divinas.

La última vez que visité los baños del santo sepulcro, justo fui a entrar al único váter que no era tal, ¡era uno de esos que utilizan solo los señores para hacer pipí de pie! avancé buscando mi taza para realizar de forma equilibrada el aporte de agüita amarilla a los santos lugares y, y oye, ¡lo que tiene el inconveniente de no ver! ¿eh? al segundo paso ¡zas ! ¡Fueron mis pies los que se bañaron en urea! Espero que antes que yo, alguien en olor de santidad hubiera dejado sus benditos fluidos en buen estado, ya que fui yo la santa receptora d tanta agua bendita….
Y después de los gritos, los rezos, el colocón de incienso y mi visita al baño ¿Cómo queréis que yo entrara al nicho de Jesucristo súper estar?

Pues así, como entré, con olor a orines, a sudor, ¡y muerta de risa!

Creo que nunca me he reído tanto como visitando el santo sepulcro., Me daba la risa floja y no podía parar. En un momento dado de mi visita, me llamé a mí misma al orden, me dije que un poquito de disciplina, ¿Qué diría de mí Sor Ángeles? ¿O la hermana María Cinta? ¡Un pelín de introspección!
Me puse un poco mística, y ahí entre esas santas paredes estaba a punto de hincar mis rodillas para esperar la gracia, y en ese momento escuché de lejos un ruido tremendo, como de un motor sí, un motor que se iba acercando a mí. Yo, saliendo de mí misma, pregunté a mi alrededor que qué era eso, ¡no os podéis imaginar lo que era! Un pedazo de tractor hasta arriba de velas, velas de todo tipo de tamaños y formas que iban a distribuirse a lo largo y ancho de las capillas de la Basílica del Santo sepulcro!
Si, era televela, dando luz a los diferentes credos que allí tienen su sede, para adorar al Altísimo.

¡Así no hay quien rece!

El tractor entrando cargado de velas en la iglesia del Santo Sepulcro

Serie Jerusalén

Serie Jerusalén

Ah, Jerusalén, Jerusalén! ¡Si llegara yo a olvidarte, que se me paralice la mano derecha!
(Salmo 137, de “El Libro de los Salmos”).

Jerusalén es una de las ciudades más sorprendentes que existen en el planeta Tierra.
No sé, tiene algo especial, una vibración que no puedo describir con palabras.
Es esa mezcla de cultos; ese montón de personajes que pululan por sus calles; ese aroma a especias, inciensos y flores; esa huella que el tiempo no borra, pese a que el hombre la haya intentado destruir en nombre de cualquier dios omnipotente.

Cada vez que visito Jerusalén, mi corazón se eleva, respiro el aire especiado de la ciudad, impregno mis pulmones, y me lleno de vitalidad y me impulso a volar y perseguir a los santos y los profetas para hacerles mil preguntas.

Para el que no me conozca mucho, le cuento que no soy una persona religiosa.
Aunque mi educación fue católica, en colegios de monjas de los de antes, o tal vez por eso, soy bastante agnóstica, atea, o mejor dicho, casi politea, si es que existe esa palabra.

Eso no evita que sea bastante espiritual, y que mis células sean capaces de reconocer un lugar santo, ya sea una pequeña iglesia templaria como, por ejemplo, la de la de Enate en Navarra; la magia cautivadora de la pirámide maya de Cobá, En Méjico,
O la grandeza de la explanada del castillo de Sagres, en la punta del cabo de San Vicente, En Portugal.

Pero lo de Jerusalén me supera: ahí huele a magia, a santidad, a cosa esotérica por los cuatro costados.

Quizá cada vez que voy a Jerusalén, me dejo llevar por la historia, por las novelas y mis lecturas, y es entrar por la avenida Golda Meir y mi estado de ánimo cambia, ¡y ahí puede suceder cualquier cosa!

Creo que el ser ciega en este aspecto juega a mi favor: no me dejo llevar por las grandes construcciones, ni por las manipulaciones religiosas. A ese respecto, bien se han encargado los fanáticos, cada uno a su manera, de dejar en Jerusalén su sello indeleble tratando de que lo suyo sea mucho más que lo del vecino de al lado.
Llama la atención cómo judíos, árabes y cristianos en todas sus variedades se han ido posicionando en cada parcelita de la pobre Jerusalén, destruida y construida pedazo a pedazo.

Pero yo, cuando estoy en Jerusalén, siento el todo de esa ciudad. Sus miles de años se introducen en mi piel junto con su brisa divina, su historia, y sueño con mimetizarme entre esas piedras milenarias, y formar parte de ese todo.

Bien; a partir de aquí, quería post a post, ir contando mis diferentes sensaciones en muchos de los trocitos de Jerusalén, donde he sentido risas, rabia, amor, ganas de llorar, y por qué no decirlo, ¡Hasta miedo!

Mi amor por Jerusalén, por Israel, no habría sido posible sin la llegada a mi vida como un regalo en 1991, de Betty y Natalio,
que me enseñaron a amar esa hermosa tierra desde el respeto y el cariño.

¡A ver que sale de esto!