El Abuelo Sefaradí

Encuentro con un abuelo Sefaradí

A raíz del proyecto de ley que el 7 de febrero se publicó, por el cual los judíos hijos descendientes de Sefarad, que tuvieron que salir corriendo de España por culpa del edicto de 1492 de los Reyes Católicos, cuantos tengan apellidos sefaradís, podrían optar a la nacionalidad española, he recordado algo que me ocurrió en mi primera visita a Masada en Israel.

La fortaleza defensiva de Masada es un conjunto de palacios cuya construcción data por lo menos de la edad de bronce.
Está ubicada en el Estado de Israel, en el límite oriental de Judea, a 5 Km. del Mar Muerto, y frente a la antigua pen´nínsula de Lisán.
Ha sido escenario de múltiples asedios, aunque el más recordado es el que sucedió en el año 73, donde todos los habitantes de la población, al mando del comandante Eleazar ben Yair, decidieron, dado que el suicidio está prohibido en la religión judía, matarse unos a otros para que cuando los romanos entraran allí, no encontraran a nadie para hacerle esclavo.

Nada más llegar a la fortaleza, nos presentaron un audiovisual contando toda la historia de la fortaleza y sus palacios, así como de sus reyes, y las diferentes revueltas.

Luego subimos en un teleférico que nos llevó a la zona de las edificaciones históricas.
Ahí comenzó la magia, como en cada sitio que visito en Israel, el calor, el silencio interrumpido por algún grupo de turistas, los sonidos de nuestros pasos por esas piedras llenas de historia y de leyendas no escritas….
A pesar de no ser una edificación fácil de adaptar, si que había rampas para acceder a casi todos los lugares, pero lo que más me sorprendió fue que en cada palacio hay una maqueta a escala, para que una persona ciega como yo, pueda dimensionar las distancias, el enclave, la colocación y la forma de cada construcción.

Recuerdo con cariño a Ilán, nuestro guía oficial, que con toda paciencia me hacía tocar cada pieza, cada pared, y que me dejaba grabar sus explicaciones, las cuales conservo con todo cariño, y desde aquí deseo que mejore su salud y siga igual de alegre haciendo disfrutar a todo el mundo a su lado.

Fue al bajar del teleférico, cuando fuimos a la cafetería, y nos mezclamos con un grupo de turistas turcos judíos, de repente un abuelillo se paró en seco frente a nosotros, y comenzó a cantar:

Cuando el rey Nimrod al campo salía,
Mirava en el cielo y en la estrellería,
Vido una luz santa en la judería,
Que havía de nacer Abraham Avinu.

Abraham Avinu, padre querido,
Padre bendicho, luz de Israel….

YO, que soy una enamorada de la música sefardí, me quedé sorprendida, ahí, al pie de Masada, un montonazo de gente desconocida, grandes pequeños, camareros, y vendedores, a pleno pulmón cantando, bailando y dando palmas, ¡si hasta el propio Ilán se sabía la cancioncita!
¿Cómo podía ser que gente tan diversa supiera esa canción?
Cuando acabamos, el abuelo comenzó a hablar con nosotros, nos contó que llevaba 40 años sin hablar sefardí, que se había casado con una rusa que no sabía hablarlo.
Preguntó que de dónde éramos, y me presentaron, él, tan contento de hablar con alguien de Sefarad, como si fuera la mejor cosa que le había pasado en mucho tiempo.

¿cuántos abuelos cantarían la canción del rey Nimrod a sus nietos desde la expulsión de los judíos en España?
¿Cuántos niños batirían palmas cantando y bailando con el legado de sus abuelos españoles?
Me sentí tan emocionada allí, dando palmas en aquél marco incomparable, que no sabría explicar.

Aquí os dejo una de las versiones del rey Nimrod para que la podáis escuchar:

No puedo hablar

Afonía, disfonía

Desde hace dos días estoy sin voz.
Eso es lo que me pasa esencialmente.
Gripe mal curada, tos, mocos, frío, más tos…. ¡y ahora esta afonía!
Lo cierto es que nunca me he visto en esta situación.

No es la molestia de la garganta lo que me agobia, pues solo es un leve picorcito, ni la tos que de vez en cuando retumba en mi tórax y con su efecto mariposa hace que en no sé que isla del Pacífico a alguien le estalle la cabeza.
Lo que más me fastidia es no poder hablar, no escucharme, ¡no saber hacerme entender!
Mi vocabulario de gestos y signos, por obvias razones es muy limitado.
Si, no, 1, 2, 3…. Corte de mangas, y eso de poner el codo en flexión a 90 grados con el antebrazo en supinación, muñeca y dedos en flexión palmar, haciendo una extensión del dedo corazón mientras se estira bruscamente el codo.
Esto me lo han enseñado mis compañeras del hospital, Mar, Mónica, Sandra, Pilar, Paloma…. Pero según y como lo realice, puedo transmitir A B o C.

Nunca me había visto en la necesidad de aprender gestos, tampoco en verle su utilidad.
Que mala educación que he recibido en mi infancia….
Si bien dicen los psicólogos y pedagogos que la expresión gestual en los bebés ciegos se aprende de forma refleja, no debe ser así esto de los gestos para hacerse entender.

Desde luego mi afonía me está poniendo en forma.
Cuando necesito algo, bien pedir un hielo, una sabanilla, tengo que acercarme y pedirlo, con lo cómodo que es gritar desde mi camilla: ¡Migueeel! ¡ayúdame a levantar a este señor!

¿Cómo le digo al paciente de turno mientras le fijo la pelvis, mientras le estabilizo la rodilla con mi rodilla, y sujeto sus manos enlazadas sobre mi hombro eso de ¡estírate!
si preguntan algo que me concierne, me tengo que desplazar y esperar con paciencia a poder hacerme entender.
¡Toda mi solidaridad con cuantas personas sufren de garganta, esas que con disfonías eventuales o permanentes, tienen que lucharse el día a día y hacerse entender.

¡y que nuevo mundo el del lenguaje de gestos!
¿para que queremos aprender inglés? ¡yo lo que necesito urgente es un curso de gestitos de esos que usais!

Contrarreforma de la ley del aborto

En estos días, en que nuestros políticos y católicos más recalcitrantes con Gallardón a la cabeza se permiten el lujo de justificar su reforma de la ley del aborto, usando de forma infame la discapacidad, los discapacitados, la felicidad de éstos, con la indignación que ello produce, me dispongo, pese a que no me gustan las polémicas en mi blog, a dar mi sentir en este punto.
Los que me conocéis, sabéis que soy ciega de nacimiento, que llevo, de la manera más digna que puedo y sé, todo lo que entraña vivir con ello que, más que una discapacidad, lo veo yo como un modo más de vida, una característica personal, como mi número de pie, mi talla de pantalones o mi color de piel
Soy lo que un pedagogo o psicólogo diría, una persona integrada. Más o menos, tengo un buen trabajo, amigos de todo tipo, y sobrevivo en esta sociedad y en estos tiempos como todo el mundo, de la mejor manera que sé y puedo.
Pero mi vida ni ha sido fácil, ni lo es en absoluto, como me lo demuestra el día a día , justo cuando más baja tengo la guardia.
Por nada del mundo traería a este mundo a un bebé sabiendo que iba a nacer ciego, igual que yo.
En unas declaraciones el Señor Gallardón, padre de esta reforma, llegó a decir que a él no le importaría tener un hijo discapacitado.
¡que honorable por su parte! que entrega la de esos padres con sus hijos con necesidades especiales, sin duda alguna….
Pero yo le plantearía a ese señor otra situación:
¿qué tal sería su vida si él hubiera nacido ciego o con otra discapacidad?¿Qué tal soportaría desde su primer llanto esa tortura de ir de médico en médico, ese miedo de los padres, esas preguntas de la familia? ¿Bebería Gallardón esa leche amarga de su madre al pensar que porqué a ella le había tocado ese hijo?
Podría tener unos pesados padres protectores que no le dejaran ni respirar,, u otros que le ignoraran o le consideraran tonto. O, en el mejor de los casos, unos padres responsables, luchadores que por falta de medios no podrían darle cuanto necesitara. ¿Cómo se sentiría en esa situación? ¿Cómo de niño aguantaría ser una carga? ¿ser raro en casa, en la escuela? ¿Cómo aprender a ser diferente y que no duela? ¿Cómo crecer, tener 15 años, y no encajar, no poder aspirar a las mismas oportunidades que los demás? ¿Tener novia, saberse mayor y aprender a manejar las frustraciones?
¿serían el Señor Gallardón y sus insaciables impulsores capaces de vivir y hacer lo mismo que hacen ahora? ¿tendrían las mismas ganas de realizar esa reforma?
No sometería a conciencia a un ser humano a todo eso, y mucho más, a cuanto me he tenido que enfrentar tanto yo como miles de personas con discapacidad.. ..
¿se han parado a pensar en eso obispos hipócritas y políticos acérrimos defensores de la vida?
Vale, yo lo he aguantado, ¡pero de ninguna manera soportaría que un hijo mío tuviera que sufrirlo!
Ni siquiera si pensara que se llama Alberto Ruiz Gallardón,
tan defensor de la vida que es capaz, por extraños vínculos de clientelismo, de indultar a un kamikaze que mata, como lo es de formar parte de un gobierno que propone una ley que favorece al no nacido, del cual se desentenderá una vez en este mundo, a tenor de lo que vienen haciendo con la ley de Dependencia.
A ustedes, sepulcros blanqueados, les exigimos: ¡dejen ya de usarla discapacidad para aprobar reformas injustas!
A ustedes les daba yo una buena discapacidad para que vieran de que va la fiesta….

Para Betty con cariño.

Para Betty, in memoriam.

Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.»

Bertolt Brecht

Justo cuando terminé fisioterapia, y dado que había hecho mis últimas prácticas hospitalarias en El Ramón y Cajal, me ofrecieron la oportunidad de trabajar en los tres meses de verano, haciendo una suplencia por vacaciones.
Como era la última en llegar ¿Dónde si no iban a poner a la novata?
Ahí estaba yo, recién diplomada, en la sala de neuro, con 17 pacientes todos con secuelas de íctus o traumatismo craneoencefálico, sin a penas saber qué hacer ni desde el punto de vista de la fisioterapia ni como ser humano frente a toda esa gente que dependía en gran parte de mi buen hacer para su mejoría.

El caos habitual del hospital, el retraso de las ambulancias, el lío de bajar los encamados, ¡y yo sola ante el peligro!

De repente no sé ni cómo apareció: Era una voz con acento diferente, hacía preguntas suaves, con aplomo profesional al expresarse. Usaba términos neurológicos certeros, mezclados con palabras que me transportaban a otros lugares, a otro mundo. Le dije si se venía a tomar un café, y ella aceptó seria.

Ahora me pregunto cómo pudo ser tan fácil, qué milagro logró que coincidiéramos en tiempo y espacio, Beatriz y yo; cómo la vida me dio ese regalo.

Esto debería ser toda una serie de post, tal vez me lo plantee. pues en uno solo me quedaría corta, ¡tengo tantas anécdotas! no sé si sabré transmitir donde está mi deuda con ella, no sólo como fisioterapeuta, sino como persona.

Al principio yo hablaba demasiado, contaba lo que sabía como profesional, la seguridad de haber terminado la carrera y las ganas de demostrar, me hacían hablar. Ella observaba y preguntaba.

Era de esas personas que esperan a que una al final cuente sin más. Y le expliqué mis miedos, mis dudas, mi inseguridad a la hora de valorar un enfermo neurológico de forma real… Ella sabía qué es un neurológico, no me enfrentaba a otros profesionales que sacan el trabajo adelante sin cuestionarse mucho más las cosas.

Recuerdo que con tristeza le conté mi dificultad como fisioterapeuta ciega a la hora de manejar y explorar a un hemipléjico y mi temor de no estar a la altura.

Betti, no lo olvidaré en mi vida, me dijo con tranquilidad:
–yo te voy a enseñar….

Y lo mejor de todo fue, no sólo que la creí, sino que ¡realmente me enseñó!

A partir de ese momento, fui una esponja, escuchaba sus explicaciones, aprendía a sentir con sus manos, anotaba cada dato, cada observación con cada paciente.

De pronto mi profesión tuvo otro sabor más dulce, era algo más accesible, más sencilla. Me regaló un montón de conocimientos en diagnóstico y tratamientos neurológicos. Me regaló la seguridad profesional que aún no tenía, y colocó los cimientos de lo que ahora soy como fisioterapeuta. Y, lo mejor,
me regaló su amistad y su cariño. Gracias a ella conocí Israel, su mundo, su familia, su esposo príncipe consorte, Natalio, que hubiera sido el padre que habría elegido si me hubieran pedido opinión, el cual sigue siendo alguien muy querido para mí, mi héroe y mi ejemplo en risas y valentía.

Todavía cuando tengo un emipléjicoante mí, escucho su voz suave:

–Cierra los ojos y siente, ¡yo también los cierro como tú!

Mi vieja mochila

Mi vieja mochila

La semana pasada, buscando algo en el altillo de mi armario, encontré entre un par de bolsas una mochila que hacía un siglo que no utilizaba.
Más por nostalgia que otra cosa, la bajé junto con la ropa de nieve, y al verla Virginia, la chica que limpia en casa, me dijo:
–¡que horror! ¡esa mochila está fatal! Le han salido cosas negras y se está deshaciendo….
Bueno, yo toqué esa bolsa y me puse a recordar:
Fue después de irme de Algete, cuando mi vida, mis amigos, mi trabajo, todo lo que hasta ese momento conocía, cambiaron radicalmente.
Entre otras muchas cosas, allí dejé una mochila gigante, de esas que llevan barras laterales, de acampada que se sostenía de pie.
Fui a buscar una sustituta a una tienda de montañismo y la dependienta me comentó que ese tipo de mochilas son pesadas para una mujer, que había nuevos modelos con las mismas prestaciones pero más ligeras y mas ergonómicas.
Me mostró los diferentes tipos, y ¡ahí estaba! ¡Mi súper mochila! Color verde y arena,
Alta, ligera, con montones de bolsillos, con unos tirantes acolchados y cómodos que llevaban una cincha para descargar un poco el peso de mi espalda, con una correa para fijarla en la cintura, y otra pectoral ajustable…. ¡Justo lo que yo necesitaba!
Podía ajustar una tienda de acampar por debajo, instalarle el saco de dormir, y el cuerpo de la mochila se dividía con una cremallera. ¡Que útil! ¡Poder guardar en un lado la ropa limpia y en otro la Sucia!

Todo esto pensaba yo mientras acariciaba la suavidad de su parte posterior y, pese a que valía un montón más de lo que tenía calculado, y en ese tiempo mi economía era menos que mala, haciéndome un regalo, me la compré.

Sería imposible contar las aventuras, los viajes, que he vivido con esa mochila.
Se sabía de memoria la ruta Madrid Granada; encontrar el expreso sierra nevada, cuando llegar a la vía 20 en atocha para coger ese tren, con una maleta, mi bastón y una mochila era poco menos que misión imposible, a cielo abierto, por andenes llenos de ruido, sonidos fuertes, corrientes de aire, justo lo que más desorienta, y acabar en las manos de algún tipo con olor a vino que amablemente me decía dónde estaba el tren.

Mis viajes por todo el mundo con mi mochila: recorrer España con ella, a veces sola, a veces con amigos.

Recuerdo la primera vez que fuimos mi mochila y yo en ave, a finales del 92, sólo por el gusto de probarlo, ya que yo nunca había montado en este tipo de trenes. Madrid, Sevilla, Barcelona, Galicia, país Vasco, Asturias,, Canarias…

Guardaba todo lo que podía necesitar ahí, ya fuera en un fin de semana, o en un mes de vacaciones. Era como el bolso de Mary Poppins, ¡entraba todo! Mi música, mis cintas, mi ropa, mis cosas de aseo, primero el bastón, más adelante los complementos de mi perra….

Viajar a Francia, a Italia, a Alemania, a Argentina, a Cuba, a Israel…. Con mi inseparable mochila.
Dormir con ella en trenes, buses, albergues… usarla de almohada, de asiento, de respaldo, abrazarla en las decepciones o en las despedidas, y bailar con ella en las alegrías.
Ir a buscar a mi primera perra guía, y luego las que vinieron después.
Hacer tres mudanzas de tres casas, sobrecargando tanto sus tirantes como mi espalda, transportando mi vida, mi pequeño mundo a trocitos.

Y ahí estaba mi pobrecita mochila, vieja, desgastada, con su espaldar degradándose, con manchas negras y las cinchas deshilachadas.
Tenía que despedirme de ella, no cabía la menor duda.

Registré por última vez sus bolsillos: aún encontré un par de calcetines, un cepillo del pelo y un paquete de pañuelos de papel.
¿Cómo se despide una de su súper mochila?

Con ella a mi espalda me sentía grande, aventurera, con el universo entero para explorar, ¡y ella nunca me falló!

No he sido lo bastante valiente para dejar en el contenedor, a mi pobre mochila. Mi cobardía me lo ha impedido. Con ella se va más de la mitad de mi vida, con todo lo de apasionante que en ella ha habido.

MI PERRA GUÍA NEVI Y YO CUMPLIMOS DOS AÑOS JUNTAS

Hace unos días que no escribo mucho por aquí, pero es que entre el trabajo y la enfermedad de mi madre, a penas si tengo tiempo de casi nada.
Pero hoy es un día especial:
¡Mi perra guía Nevi y yo cumplimos juntas dos años!
Si, una invernal mañana de finales de noviembre, Pedro Márquez, mi instructor, llegó a casa, y sin mucho protocolo, puso en mi mano una correa y me dijo:
¡vamos! ¡ya es tuya!

Todo esto es simplificar mucho las cosas,, nada fue tan sencillo.
Allá por julio del 2011 tuve que asumir que mi perra guía, bimba tenía que jubilarse, que nuestros caminos juntas ya eran solo paseos cortos y sin gran exigencia.
Luego llegó el decidir si o sí que había que solicitar un nuevo compañero para facilitar mi movilidad, que una cosa es pensarlo y otra muy diferente es poner en marcha el proceso de renovación.
Volver al psicólogo, al técnico en rehabilitación, chequeo médico, ¡con el miedo que me dan los pinchazos! análisis de sangre, ¡iba por ti, ¡perrita! pruebas de fuerza, papeleos, llamadas, ¡un estrés que no os puedo contar….
En la once lo que es fácil se complica por sistema, es como una administración pero en pequeño, se atasca un documento en un despacho por una baja, unas vacaciones o un café a media mañana.
Todo es muy misterioso, cada jefe se da su importancia, y yo, como usuaria de perro guía renovadora, y afiliada a esta institución, asumí y acepté con resignación y paciencia todos sus protocolos.
¡era por ti, ¡pequeña!
Pedro, el instructor que me ha entregado todas mis perras, que me conoce tanto cuanto necesito en mi movilidad, sabe de mis rutas , de mi trabajo y mi modo de entender la vida, pensó que dado que ya soy renovadora, era factible realizar una entrega domiciliaria de mi futura lazarillo.
Me explicó que Nevi, mi nueva perra guía, era una pastora alemana,, que antes que a mí, se la había adjudicado a otro usuario de perro guía, que la persona en cuestión, no supo entenderla, que era una perrita maravillosa, que me lo juraba, que era un encanto. Dócil, obediente y con muchas ganas de trabajar,, que a la vez era muy intuitiva y vivaz.
Me resultaba extraño pensar que mi perrita había sido antes de otra persona,tenía dudas sobre si yo le gustaría, si me compararía con el anterior dueño, él, un hombre de veintipocos años, alto,, yo uno cincuenta y mujer… ¡cuantas incertidumbres!
No es que desconfiara de mi instructor, en absoluto, el instructor en la vida de un usuario de perro guía pasa a ser algo vital, es alguien que tiene que manejar un perro bien adiestrado y una persona ciega con todos sus temores, sus dudas espaciales, y sus inseguridades, tratar de compatibilizarlos a ambos con todas las estrategias a su alcance , en fin, nada fácil.

Y ahí estábamos esa fría mañana mi perrita y yo, cada una con sus miedos, pero con muchas ganas de hacerlo todo más que bien.
Recuerdo cuando la toqué por primera vez, su delgadez,, su pelaje suave, sus orejas de punta.
¡que bonita me pareció!
Tan seria, tan asustada ¡casi tanto como yo!
¡y yo con tantas ganas de abrazarla y decirle que todo iba a salir bien!
Pero claro, había que seguir el guión, probar su arnés, medir el asa para mi altura, sentarla, practicar las primeras órdenes de obediencia: juntos, sienta, quieta….
Yo, que estaba acostumbrada casi a que mi bimba me adivinara el pensamiento, que antes de decir sienta, ella ya estaba en posición.
¡y aquí había que ganarse el respeto una vez más por mi nueva guía!
Recuerdo el primer paseo ya guiando por mi calle, cuando desde la posición de sentada le di la orden de avanzar, ella echó para adelante con una suavidad que me dejó descolocada. Se suponía que era nerviosa, que estaba estresada, pero no, la perrita caminaba a mi lado como si me conociera de toda la vida, a veces giraba su morro y me daba un par de lametazos en mi mano derecha para pedirme permiso, no sé…. El único problema era en este caso el instructor, cada perro es un mundo, mientras Bimba, mi perra jubilada no le hacía ni caso, esta, no dejaba de buscarlo todo el rato, a veces hasta trataba de darse la vuelta.
Desde el primer día me quedó claro que ahí la única competencia que había era él.

Fuimos incrementando las dificultades hora a hora, día a día, largos paseos instructor perra y yo por todo Madrid, ¡menuda paliza nos dábamos! mis manos estaban destrozadas por el nuevo cuero, por el frío y los lametones, ¡pero que bueno sentir el aire en mi cara recorriendo el mundo!
volvía a percibir esa sensación de libertad caminando que solo un buen perro guía puede darme.
Os juro que ni con amigos, ni pareja, ni familia, nada, ¡la libertad es andar sin miedo por una calle amplia con mi perra!

Fue una semana dura, hubo momentos para todo, miedo en cruces, dudas por parte de las dos en situaciones complicadas de tráfico y calles difíciles,visitas a mi puesto de trabajo en el hospital… ¡pero pudimos con ello!
Y Después de hacer la gran prueba yendo solas desde Luchana hasta cuatro caminos y volver, ¡superamos el examen y ya éramos una unidad!
Y desde entonces hasta hoy, esta es mi compañera:
ha aumentado un poco de peso, sigue teniendo aspecto de juguetona, aún siento que tiene miedo por si yo tampoco la quiero, y me busca esté donde esté, y de vez en cuando necesita mis caricias.

Realmente es la perra mas afectiva que he tenido en mi vida, cariñosa hasta más no poder.
¿y que puedo decir de su trabajo?
¡si hasta los árboles se apartan cuando paseamos por Madrid,
¡juntas volamos!

Estoy tan agradecida, ¡que hasta agradezco a su anterior usuario que no la comprendiera, porque eso hizo quepudiera tenerla yo!

Gracias Nevi por llegar a mi mundo, por compartir conmigo cada instante.
Gracias por hacer que mi camino solo sea eso, un camino sin obstáculos para recorrer contigo.

NOCHE DE URGENCIAS

Una Odisea sanitaria

El pasado día 30 de octubre, mi madre, a sus 80 años, y con un historial médico digno de una superviviente, resbaló en su dormitorio, dando en tierra con toda su humanidad.

A partir de ahí, me siento en el deber de contar cómo se desarrollaron las cosas en las siguientes 36 horas, en un cúmulo de irresponsabilidad, desidia y mala praxis médica, aunque también me encontré solidaridad, sentido común, y la comprobación fehaciente de que el sistema sanitario deja mucho que desear, y que es la cosa más deshumanizada y fría,
Sólo salvada por los profesionales de la salud, sin cuya vocación, entrega y sacrificio, No sé qué sería de cualquier enfermo necesitado de visitar las urgencias en un hospital de provincia tan desbordado de trabajo, como escaso de profesionales y disponibilidad de recursos.

Mi hermana, cuando vio que mi madre estaba bastante afectada, llamó al médico de cabecera, el cual, sin pasarse por casa, y viendo la historia clínica de mi madre, dijo que no era necesario llevarla al hospital, que se le iría pasando, que podía ser un pequeño infarto cerebral (¡ole por el diagnóstico a distancia!), y que casi que era más trastorno que otra cosa para la paciente.
Esto es, cuando menos, sorprendente; pero si el médico lo decía….
El jueves 31, yo salí para mi pueblo, pues había pedido un día libre para sumarlo al 1 de noviembre, fiesta en todo el país.

Mi madre iba a peor, y así las cosas, sugerí a mi hermana que volviera a llamar al médico y que la visitara. Aunque la llamada se efectuó sobre las 11, no estuvo, aunque sí se le esperaba antes de las dos de la tarde
Y total para insistir en que no valía la pena llevarla al hospital con su historial, que él si fuera su padre no lo llevaría; pero que si nos íbamos a quedar más tranquilas, mandaba una ambulancia ya.

No parece que el tal vehículo anduviera muy distante de la desidia y la calma del doctor,
Pues una mujer que a duras penas podía sostenerse sentada, que entre cuatro personas no éramos capaces de tumbarla, imaginad cambiarle el pañal, ya que se había hecho pis, la pobre, sin comer, a penas sin poder hablar y con una inmovilidad total,
Pasaban las horas y la ambulancia no venía.
Mi sobrino fue de nuevo al ambulatorio, a interesarse por lo que pudiera pasar con esa ambulancia, ya que la abuela estaba fatal, y le explicaron que la solicitud estaba hecha, pero que había habido un accidente en otro pueblo, y que eso tenía preferencia, que en cuanto llevaran los heridos a Granada, iban a recoger a la Salvadora.
Y así pasaron tres terribles horas de desconcierto, inquietud y confusión .

Por fin apareció la ambulancia, con un solo sanitario, el propio conductor, con una camilla de esas manuales. Manejar un cuerpo sin fuerza como el de mi madre e instalarlo en esa camilla manual, subiéndola y bajándola con una palanca a golpes, que si no es por mi sobrino que estaba allí, ni mi hermana ni yo hubiéramos podido con algo así…

En fin, respiramos cuando mi madre estaba instalada en la ambulancia rumbo al hospital de Granada, donde comenzó la nueva aventura, los nuevos filtros, registrarse, decir qué le sucede, y pasar dentro sobre la misma camilla ambulanciera, a una sala llena de gente, cada uno con lo suyo, todos sentaditos en sus sillas de ruedas.

Sólo un familiar por paciente, rogaban las enfermeras. ¿Alguien hacía caso? pues nadie.

Noche de Halloween, gente por todos sitios. La sala de espera a rebosar, Jamás hubiera asociado unas urgencias hospitalarias con tamaño bullicio.
A veces pienso que cuando algunas personas están aburridas, sobre buscarse otro sitio en que pasar la tarde, eligen las urgencias. Ahí, en urgencias, ¡menudo ambiente! y más una noche como ésa:

Mamás con niñas pintadas de Halloween: ¡que es que le duele la tripa a la nena!
Otra mamá coraje, ¡que a mi niña le duele la garganta! y el colmo: saliendo de la urgencia un matrimonio con su retoño de 13 años, del mismo pueblo que nosotras, que es que al niño le dolía el dedo, le han hecho radiografías y no tiene nada roto….
¿así ha de ser una urgencia?

Y mientras, la Salvadora, esperando en su camilla, con la mirada perdida, 24 horas sin comer ni ingerir líquidos, hasta arriba otra vez de pis, y sin a penas hacerse entender.

Y así cinco horas de reloj, hasta que nos llaman al box 10, donde una jovencita médica residente de primer año, nos atendió. ¡pobre chica! ¡si me daban ganas de darle 50 euros y que se fuera de Halloween con sus amigos!

Hizo un buen historial clínico, pese a que el ordenador le iba fatal, le fallaba la aplicación sanitaria, y estaba sufriendo porque llevaba un retraso de cinco horas, y estaba sobrepasada por la cantidad de enfermos de esa tarde. El enfermero dijo: ¡y eso que hay partido del Granada!

En cuanto la doctora vio la gravedad de la paciente, pidió rápidamente analíticas, TAC, placa de tórax… y pasamos a otra sala con, por lo menos, 15 pacientes hacinados unos en sillas de ruedas y otros en camilla, junto con los familiares correspondientes.
Ahí estábamos todos, uno vomitando, otro quejándose….

Por suerte la Salvadora estaba adormilada y ya con el suero puesto, rehidratándose. Nos fueron llamando para las diversas pruebas diagnósticas, y el TAC alarmó a la doctora: ictus hemorrágico cerebral….
¡Con el riesgo que supone!

Con todas las prisas, ahora sí, la llevaron a observación, la medicaron adecuadamente, y la asistieron y atendieron sus necesidades como tendría que haber sucedido quizá 36 horas antes.

¿no hay otra manera de que el sistema funcione?
Las urgencias de los ambulatorios, ¿no deberían atender la mayoría de los casos que van a la urgencia de los hospitales?
¿Sería posible visitar urgencias realmente cuando se necesita?

BIMBA, ESA PERRA JUBILADA

Bimba, Esa Perra Jubilada

Pasaron decididas por la calle;
y me quedé mirando aquel trastrás,
aquellos pasos firmes al compás
donde no sobraba ni un detalle.

Noté en los ojos de la perra el corazón,
latiendo con el suyo, de su dueña;
y en los ojos de Salvi la risueña
mirada de Bimba al mismo son.

Y pensé: Dios no quiere que sea ciega
Y por eso, generoso, le da un perro
Que le presta la luz de su mirada;
Pero vi. en Bimba tanta, tanta entrega
que superaba el yugo de aquel hierro
del arnés del que estaba enamorada. 

Escrito por el poeta Antonio Peláez.

Bimba tumbada

Dejo un ratito mis aventuras por Jerusalén, y esta vez os cuento alguna cosa de mis perros. Como sabéis, tengo tres, los cuales hacen que mis días y mis noches sean, cuando menos, bien divertidos.

Alguien podría pensar que es duro cuidar de tres perros grandotes en un piso de 70 metros; pero la verdad es que nos organizamos muy bien.

Bimba, es una labradora blanca, que inició su camino a mi lado en octubre del 2004, después de la tristeza de haber tenido que dormir a Heidi, mi anterior perra-guía.

Pese a que adoro a los pastores alemanes, tanto como perros en general, así como lazarillos, ya que siento que se ajustan a mi manera de ser y viven parecido a mí, debo decir que Bimba y yo, desde el momento que nos conocimos, encajamos. Ella, desde su mente labradora, me puso las cosas mil veces más fácil que Heidi, que sí era pastor alemán. Además, al ser yo renovadora, todo fue tan sencillo, que me parecía imposible.

A Bimba le tocó vivir conmigo momentos importantes y siempre guió de manera irreprochable.
No se estresó en el trabajo jamás. Sin gustarle, porque vaga lo es un rato, de mala gana, sobre todo en verano, siempre cumplió con su deber.

Pero llegó el día que sus constantes otitis hicieron que su audición disminuyera, y su estándar de trabajo, indiscutiblemente se vio reducido.

Los usuarios de perros guía, somos los últimos en darnos cuenta de que nuestro perro necesita jubilarse y descansar. Acomodamos nuestro paso al suyo, justificamos sus faltas de reflejos, compensamos sus dificultades, y lo hacemos a penas sin darnos cuenta.

Un día vino el instructor y, viéndonos en ruta, determinó que ya era el momento de colgar el arnés.

Lo primero era asumirlo yo, claro; pero después, ¿Cómo contarlo a los amigos? ¿a la familia? ¿a los compañeros de trabajo?

Si ya la cosa era dura para mí, imaginad los comentarios de la gente:

Que si ese instructor no tiene ni idea, que si la perra está estupenda, que si la que venga nunca será como ella……

Y así había que vivir esos meses de incertidumbre en la espera de Nevi, la siguiente perra-guía.

Y, en fin, llegó el día, y mi corazón se puso triste: tomar un arnés nuevo, una correa nueva, y una perrita nueva, joven y sin conocerme de nada.

Pero ¿y Bimba? ¿Qué iba a sentir Bimba? Para colmo, pese a que ella es bastante independiente, tiene un problema que detecté al poco tiempo de que se iniciara nuestra vida en común: padece ansiedad por separación, lo que engrandecía mi preocupación:

¿Qué haría la perrita cuando me viera salir de casa con otra acompañante? ¿Qué pensaría cuando me viera llegar caminando con el apoyo de otro arnés y otra asa?
¿Qué sentiría cuando yo ya no la necesitara como antes y no estuviera todo el día conmigo?

Pues las cosas fueron mucho más sencillas de lo que yo esperaba:

Cuando llegó Nevi, Bimba la ignoró totalmente, dejando que ella viniera y guiara sin ningún problema. No se preocupó al ver cómo le ponía el arnés. De hecho creo que estaba feliz de no tener ella que trabajar.

Los primeros días hubo una lucha de poder, pero no precisamente con Bimba, sino más bien con el otro pastor. Cuando quedó claro que allí nadie mandaba, los tres se relajaron, tras, eso sí, algún exceso, como romper alguna colchoneta por venganza, alguna meada fuera de la ruta y de la rutina, y, cómo no, si había juguetes ¡los tres querían el mismo!

En la actualidad Bimba es feliz. Vive, por supuesto, en el sofá, hecha una bola entre cojines.

¿a quién le importa este pequeño desliz? El que viene a casa ya sabe que se va lleno de pelos (¡donde hay pelo, hay alegría!),

Tiene un día sí y otro también las orejitas hechas una pena por los picores y subsiguientes arañazos que le provocan las incordiantes otitis, pero ahí vamos, entre gotas, antiinflamatorios y limpiezas. Por suerte, en estos momentos es lo que lleva peor, pues por lo demás, está ideal, contenta, y con las mismas ganas de comer de siempre: Roba pienso a Nevi y a Xito si puede, y a mí, ¿Qué os puedo contar? Que este mismo verano entre ella y la pastora, desvalijaron una bolsa con cecina y chorizo, que demás está decir quién se lo comió, porque en lo que Nevi lo olía, ¡la otra ya se lo había morfado!

Ahora, ya a toro pasado, creo que fue una buena decisión, que poco sentido tiene prolongar sus días de trabajo a un perro, por más pena que dé.

Es cierto que ahora, me puedo permitir el lujo de tener a mis tres perros. No se cómo será el futuro; pero deseo con toda mi alma, que siempre pueda cuidarlos como ellos lo hacen cada día conmigo.

Yo con mis tres perros

Serie Jerusalén 4. Yad Vashem

Serie Jerusalén.

El museo del Holocausto

“Quien salva una vida, salva al mundo entero”.

“Esta lista es el bien absoluto. Esta lista es la vida. Más allá de sus márgenes se abre el abismo”.
(De la película ‘La lista de Schindler).

Jerusalen Institucional Museo del Holocausto 3

¿Cómo transmitir en palabras lo que sentí al visitar el museo del holocausto en Jerusalén?
Creo que todos los seres humanos, y hasta los seres divinos, deberían darse una vuelta por este complejo de edificios situados en
Ein Karem, en la ciudad de Jerusalén, 
En un entorno maravilloso.
 
Cuando este museo quedó agregado a mi lista de visitas en la ciudad de Jerusalén, ni de lejos imaginé cuántas emociones se iban a remover dentro de mí, cuántos sentimientos, cuánta rabia, cuánta ternura, cuánto respeto hacia todos los hombres y mujeres que sufrieron el holocausto nazi, los que sobrevivieron y los que ayudaron y siguen ayudando a la memoria de este tremendo genocidio.
 
En general, los museos son sitios donde una persona ciega se siente un poco extraña: casi todo es para ver; a penas si permiten tocar algún objeto.
Sí, me diréis que están esos audios, que en la entrada nos pueden dar algún folleto braille con un mapa en relieve para ir ubicando los objetos en el lugar exacto; pero éste es uno de los sitios donde el dicho de que una imagen vale más que mil palabras, queda pintiparado.
 No obstante, en elYad Vashem o museo del holocausto, de Jerusalén, yo, desde luego no me sentí como cuando he visitado otros museos.

Para empezar, los diferentes grupos que predominan en este museo, por lo que pude apreciar en mis varias estancias, suelen ser judíos turistas, con lo cual, es impresionante caminar entre los diferentes colectivos y comunidades; escucharlos hablar en varios idiomas, incluido el español, y estremecerse con sus frases, sus palabras, sus expresiones.
 Influyen también, desde luego, los conocimientos históricos, así como lo sufrido a través de lecturas, documentales y películas relativos al genocidio nazi,
que contribuyen a aguzar la sensibilidad.

El recorrido por el museo, es una especie de zigzag, de abajo hacia arriba del edificio. La delicadeza con que están distribuidos los objetos; el esfuerzo por recrear cuantos sucesos ocurrieron en el holocausto de la segunda guerra mundial, en un tema tan sensible, sin llegar a ser ni morboso ni exagerado sino todo lo contrario; cada dibujo, cada escultura,, cada trocito de aquella época, está tratado con gran cariño y máxima elegancia.

Debo aclarar que en este museo no sentí que aquello fuese un homenaje a la muerte, ni al resentimiento; sino, más bien, un canto a la vida, pese a tanto dolor como se desprende de cada paso a lo largo de todo su recorrido.

Los guías iban desgranando datos, por más que para mí, sus voces formaban parte de ese todo que iba avanzando con cada uno de mis pasos, en el encuadre histórico de las comunidades judías en Alemania antes del ascenso de Hitler al poder, caminaba con una especie de mareo, mientras comenzaban los acosos y asesinatos, el sonido de los cantos y los gritos fanáticos de los millones de nazis que, implacables, se reproducían en los monitores.

La sensación que notaba era como de un movimiento extraño, como si estuviera ascendiendo por una pendiente que dificultaba sensiblemente mantener la marcha y el contacto con el entorno.

Las voces de los turistas, a medida que avanzaba la historia, paulatinamente, iban perdiendo su tono, que se reducía lentamente a la forma de murmullo.

Las comunidades judías que antes se veían felices, se van viendo marcadas con pintadas antisemitas.
El nazismo se constituye como poder,
La noche de los cristales rotos, recreada con trozos de tiendas judías reventadas.
Cada vez que mis amigos o el guía me leían algún cartel, o se escuchaba alguna anécdota, mi estado de ánimo languidecía y se entristecía más y más.

La gran montaña de libros para quemar; la vida en los guetos; los campos de concentración; las investigaciones genéticas y el antisemitismo en toda la sociedad; la persecución, búsqueda y control de las familias judías.

La máquina de matar, los uniformes, las literas, letrinas… todo cuanto sucedía en la vida de los campos de concentración.

Los trenes de la muerte, con el vagón donde se trasladaba a los presos; el gas ciclón; las cámaras de gas; las vagonetas transportadoras de cadáveres y los hornos crematorios.

El fin de la guerra, la liberación de los campos de concentración,
La constitución del estado de Israel.

Todo en un recorrido tremendo, lleno de imágenes, sonidos y aromas que acongojan a cualquier persona con un mínimo de corazón.

Culmina el ascenso del edificio con la bóveda del recuerdo vista desde arriba con fotos, dibujos y símbolos y, al fondo, ese abismo, ese pozo del terror, donde queda plasmada de forma alegórica la maldad del ser humano.

Ahí, justo antes de salir de nuevo al exterior, a respirar y volver a reconciliarnos con la humanidad, fue donde mi corazón se encogió, donde fue inevitable necesitar a cuantas personas tenía a mí alrededor, para tomar fuerza, y suplicar desde lo más profundo, que jamás se pueda repetir algo así.

Jerusalen Institucional Museo del Holocausto Terraza de la esperanza 1

Salir de nuevo a los maravillosos jardines, a esa amplitud tan bien diseñada, tomar aire y pasar otro trago duro:
Es la visita siguiente al Yad LaYeled, lugar donde entramos a oscuras, agarrados a una barandilla, donde se rinde homenaje al millón y medio de niños judíos que perecieron en el holocausto o desaparecieron.
Se lee en todos los idiomas, el nombre de todos y cada uno de los niños, su fecha de nacimiento y su lugar de origen, a lo largo de todo el día.
¡Es impresionante esta sala!

Y, por fin, una esperanza: el bosque de los justos, donde hay plantado un árbol por cada persona o asociación que colaboró a favor del pueblo judío. Entre otros está el famoso Oscar Schindler.
Y tres españoles cuyos esfuerzos están reconocidos:
Ángel Sanz Briz, Eduardo Propper De Callejón y José Ruiz de Santaílla, y su esposa Carmen schrader.

Por más que he releído varias veces este texto, no sé si he sabido plasmar cuanto viví y sentí, aunque creo que no, pues las palabras difícilmente podrán asumir las vibraciones que el lugar encierra.
lo recomendable es visitarlo, y así podréis comprobar en vuestra propia piel, qué se siente, qué se respira ahí.

Cartel en sefaradí Museo del Holocausto 2

Serie Jerusalén 3

Serie Jerusalén3

Jerusalen Acceso al Sepulcro

Otra del Santo Sepulcro.

De Mis visitas al Santo Sepulcro podría contar mil historias, pues tanto la Basílica como todo cuanto acontece ahí, no tiene desperdicio. Pero me voy a ceñir al máximo motivo de este monumento: el propio Sepulcro, en el cual los restos mortales de Jesús reposaron durante unas horas, y al tercer día resucitó de entre los muertos.

Para entrar al recinto específicamente es necesario que el guardián ortodoxo nos permita pasar , pues son los ortodoxos en exclusiva los encargados de vigilar el edículo, donde se ubica la piedra propiamente dicha, bajo la cual está la sagrada lápida, donde reposaron   los restos mortales de Jesucristo.

En mi última visita, me encontraba yo haciendo cola junto con todos los turistas, devotos y no tanto, para besar la piedra que está encima de la verdadera piedra del Santo Sepulcro, cuando el guardián del recinto , por hacerme un favor, o una obra de caridad que lo aproximara más al Cielo, se acercó a mí y, notando que yo era ciega, me tomó de la mano para que lo acompañara, adelantándome de la larga fila de pacientes peregrinos.

Debo decir que el señor guardián no parecía haber visitado la ducha en varios días, por lo que al agitar sus carnes y su hábito, exhalaba unos efluvios acres, propios de las regiones axilares mezclados con ese aroma a rancio que emanan los curas viejos, con independencia del culto que practiquen, junto con una insoportable fetidez
Derivada de la más despiadada Hlitosis.

El señor pope, nada más tomarme de la mano, me preguntó mi nombre. Yo contesté que Salvi y, por las dudas, que Salvadora, como mi madre, como mi bisabuela y mi tatarabuela, a lo que el hombre contestó con destemplada voz:
¡Salvadora no! Silvana!

Ante semejante afirmación de tan eminente señor, yo, que estaba a punto de atravesar la puertecita de los Ángeles, que es una entrada para gnomos, justo antes de llegar ante la santa piedra, me callé y respetuosamente dejé que su eminencia presionara con fuerza la parte posterior de mi cabeza, para poder instalarme frente a la sagrada lápida de un empellón. Y ahí me dejó sola ante el peligro, de rodillas, frente a siglos de piedras, frente a siglos de Historia.
¿Cuánta gente no habría rezado ahí? ¿Cuántos peregrinos encontrarían sentido a todo esto? De repente me sentí muy afortunada por poder realizar el sueño de tantos devotos cristianos, de haber llegado sana y salva al final de mi camino.

Y pasaba el tiempo, mis rodillas iban doliendo un poco, mi pierna derecha se iba acalambrando…, ¡y el Cura ortodoxo no me sacaba de ahí!
 
Y el tiempo seguía pasando.

Me levanté con cuidado y respeto, pero la voz terrible del pope me gritó:
¡stai! ¡Silvana!
Y nuevamente me arrodillé,, no fuera yo a ofender la sensibilidad de este buen religioso.
Y volvieron los calambres, los sudores, el dolor de rodillas……
Al principio entraban y salían turistas besando las piedras, arrodillándose y rezando; pero en un momento dado, ¡ahí que me quedé yo solaza!
¡que miedo! Pensé en lo que tenía en el bolso, un paquete de chicles y media botella de agua. ¡por qué no habría echado yo unas chocolatinas!

Me imaginé que se olvidaba de mí el pope, que cerraban la puerta de David el Gnomo,  hasta la gran puerta de la Basílica, que me quedaba ahí para siempre, ¡y que me tendría que comer de cena el envoltorio de los chicles! y en éstas que me surgió la duda: Este Señor Jesucristo, el de la lápida, ¿habrá resucitado de verdad? O estarán ahí sus Santos Huesos y van a hacerme a mí una demo del poder divino?

¡qué sudores me entraron!
¡vi pasar mi vida como en una película de ésas!

Y, en fin, por no extenderme en esto más, cuando los calambres amenazaban con romperme el semitendinoso, el semimembranoso y hasta el bíceps femoral, cuando mis rodillas no aguantaban más, ¡oh milagro! Apareció mi salvador (que no silbano), en forma de pope maloliente y me salvó (que no silbanó),de mi miseria! Tiró de mi brazo y me sacó del recinto a la basílica con la misma brusquedad con la que me había introducido en él. Y con un empujón, me lanzó a los brazos de mis amigos que ya estaban preocupados por mi tardanza.
 
  Seguro que un buen cristiano de esos de los de toda la vida y toda la fe, hubiera sacado más partido a esos minutos demás que el señor Pope me dejó estar.
 
En cambio yo… ¡la alegría que sentí al salir de ahí!