Serie Jerusalén 3

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Jerusalen Acceso al Sepulcro

Otra del Santo Sepulcro.

De Mis visitas al Santo Sepulcro podría contar mil historias, pues tanto la Basílica como todo cuanto acontece ahí, no tiene desperdicio. Pero me voy a ceñir al máximo motivo de este monumento: el propio Sepulcro, en el cual los restos mortales de Jesús reposaron durante unas horas, y al tercer día resucitó de entre los muertos.

Para entrar al recinto específicamente es necesario que el guardián ortodoxo nos permita pasar , pues son los ortodoxos en exclusiva los encargados de vigilar el edículo, donde se ubica la piedra propiamente dicha, bajo la cual está la sagrada lápida, donde reposaron   los restos mortales de Jesucristo.

En mi última visita, me encontraba yo haciendo cola junto con todos los turistas, devotos y no tanto, para besar la piedra que está encima de la verdadera piedra del Santo Sepulcro, cuando el guardián del recinto , por hacerme un favor, o una obra de caridad que lo aproximara más al Cielo, se acercó a mí y, notando que yo era ciega, me tomó de la mano para que lo acompañara, adelantándome de la larga fila de pacientes peregrinos.

Debo decir que el señor guardián no parecía haber visitado la ducha en varios días, por lo que al agitar sus carnes y su hábito, exhalaba unos efluvios acres, propios de las regiones axilares mezclados con ese aroma a rancio que emanan los curas viejos, con independencia del culto que practiquen, junto con una insoportable fetidez
Derivada de la más despiadada Hlitosis.

El señor pope, nada más tomarme de la mano, me preguntó mi nombre. Yo contesté que Salvi y, por las dudas, que Salvadora, como mi madre, como mi bisabuela y mi tatarabuela, a lo que el hombre contestó con destemplada voz:
¡Salvadora no! Silvana!

Ante semejante afirmación de tan eminente señor, yo, que estaba a punto de atravesar la puertecita de los Ángeles, que es una entrada para gnomos, justo antes de llegar ante la santa piedra, me callé y respetuosamente dejé que su eminencia presionara con fuerza la parte posterior de mi cabeza, para poder instalarme frente a la sagrada lápida de un empellón. Y ahí me dejó sola ante el peligro, de rodillas, frente a siglos de piedras, frente a siglos de Historia.
¿Cuánta gente no habría rezado ahí? ¿Cuántos peregrinos encontrarían sentido a todo esto? De repente me sentí muy afortunada por poder realizar el sueño de tantos devotos cristianos, de haber llegado sana y salva al final de mi camino.

Y pasaba el tiempo, mis rodillas iban doliendo un poco, mi pierna derecha se iba acalambrando…, ¡y el Cura ortodoxo no me sacaba de ahí!
 
Y el tiempo seguía pasando.

Me levanté con cuidado y respeto, pero la voz terrible del pope me gritó:
¡stai! ¡Silvana!
Y nuevamente me arrodillé,, no fuera yo a ofender la sensibilidad de este buen religioso.
Y volvieron los calambres, los sudores, el dolor de rodillas……
Al principio entraban y salían turistas besando las piedras, arrodillándose y rezando; pero en un momento dado, ¡ahí que me quedé yo solaza!
¡que miedo! Pensé en lo que tenía en el bolso, un paquete de chicles y media botella de agua. ¡por qué no habría echado yo unas chocolatinas!

Me imaginé que se olvidaba de mí el pope, que cerraban la puerta de David el Gnomo,  hasta la gran puerta de la Basílica, que me quedaba ahí para siempre, ¡y que me tendría que comer de cena el envoltorio de los chicles! y en éstas que me surgió la duda: Este Señor Jesucristo, el de la lápida, ¿habrá resucitado de verdad? O estarán ahí sus Santos Huesos y van a hacerme a mí una demo del poder divino?

¡qué sudores me entraron!
¡vi pasar mi vida como en una película de ésas!

Y, en fin, por no extenderme en esto más, cuando los calambres amenazaban con romperme el semitendinoso, el semimembranoso y hasta el bíceps femoral, cuando mis rodillas no aguantaban más, ¡oh milagro! Apareció mi salvador (que no silbano), en forma de pope maloliente y me salvó (que no silbanó),de mi miseria! Tiró de mi brazo y me sacó del recinto a la basílica con la misma brusquedad con la que me había introducido en él. Y con un empujón, me lanzó a los brazos de mis amigos que ya estaban preocupados por mi tardanza.
 
  Seguro que un buen cristiano de esos de los de toda la vida y toda la fe, hubiera sacado más partido a esos minutos demás que el señor Pope me dejó estar.
 
En cambio yo… ¡la alegría que sentí al salir de ahí!
 

Serie Jerusalén

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El Santo Sepulcro

Continúo con mi serie de aventuras y sensaciones de Jerusalén, y esta vez os cuento sobre la iglesia del Santo Sepulcro.

No quiero entrar en discusiones religiosas ni históricas a favor ni en contra de este tinglado que tiene ahí montado la humanidad. Sólo contaros lo que yo sentí allí.

Para que entendáis un poco de qué va esto, unas pequeñas nociones sobre esta basílica situada en la ciudad vieja de Jerusalén, construida sobre el templo de Venus que erigió a esa diosa el emperador Adriano.

La iglesia del Santo Sepulcro se considera de estilo paleocristiano, construida hacia el siglo IV, a petición del emperador Constantino, y su madre, Santa Elena, que para mí, que le ponían en la sopita algo a esa señora, pues menuda imaginación tenía!
Nada más y nada menos que ahí, en ese trocito de Jerusalén, es donde está lo máximo del cristianismo: la crucifixión, enterramiento y resurrección de Jesús, ¡casi ná!

Y todo esto se ubica ahí no porque en la realidad fuera ese el lugar donde los santos sucesos se desarrollaran, sino porque la emperatriz Elena debió considerar que era más práctico tenerlo todo ahí juntito, más a mano, porque lo que es rigor histórico, poca cosa.

En esta basílica, como en todo Jerusalén, cada cual, quiere pillar un rincón para instalar su tenderete, armenios, católicos Ortodoxos, ortodoxos rusos, católicos romanos, coptos, asirios…… ¡para qué voy a seguir con la lista!
Además, aquí es donde el patriarca ortodoxo de Jerusalén, así como el obispo latino, digamos que tienen sus oficinas.

Este santuario, punto final de la peregrinación de cualquier cristiano que se precie,, que desee indulgencia plenaria, y su lugarcito en el cielo, la sensación que da es que lo es todo menos cristiano.

Si Jesucristo levantara la cabeza, no iría al templo de sus hermanos judíos a dar latigazos, no. Donde se quedaría bien a gusto sin duda, sería en el Vaticano. Pero aquí, en esta Basílica también echaría unos cuantos mercaderes del templo…

Dos veces he visitado el santo sepulcro y su basílica: la primera vez nuestro guía fue un guía oficial del estado de Israel, Ilán, una persona con tremendos conocimientos históricos. La segunda vez, nos mostró el santo sepulcro Leonardo, un muy creyente católico, con grandes conocimientos sobre arqueología bíblica, y la custodia de tierra santa.

En ambas ocasiones tuve la misma sensación de frivolidad, de asfixia, de saturación, de sobrepasar los límites de la fe, de la religión ¡y eso que soy agnóstica!

La gente entra y sale sin ninguna consideración hacia los que andan rezando, besando el suelo y las paredes de la iglesia.
Los cristianos integristas vocean sus rezos a pleno pulmón.
Los turistas con sus guías gritones mezclados con los sacerdotes.

Yo me vi caminando a codazos entre sotanas y hábitos de todos los diseños que os podáis imaginar, no olvidéis que ahí hace un calor tremendo, pero eso no evita que los religiosos vayan bien tapaditos, no vaya a ser que Dios se asuste de ver sus cuerpos.
Nada de minifaldas, nada de pantalones por encima de las rodillas, porque si no, ¡al recinto del santo sepulcro no entrareis jamás! Ya el pope ortodoxo de guardia os hará cambiar el atuendo para arrodillaros ante la piedra santa bien cubiertos.

Ese olor a sudor, a velas, a incienso y a sitio viejo; ese sonido de gente rezando, cantando salmos, interruptores de cámaras, y todo el rato haciendo cola: que si para la piedra de la deposición, que si para el calvario, que si para la capilla de Longinos, que si para el sepulcro…. ¡y hasta para el baño!

Con respecto al baño quería contar una pequeña anécdota: Para empezar, tanto pudor cristiano y resulta que los baños de la iglesia del santo sepulcro son mixtos. Esto quiere decir que lo mismo estaba yo haciendo pis,, y escuchaba en el váter de al lado, al mismísimo patriarca de Constantinopla soltando un par de ventosidades, eso si, unas ventosidades divinas.

La última vez que visité los baños del santo sepulcro, justo fui a entrar al único váter que no era tal, ¡era uno de esos que utilizan solo los señores para hacer pipí de pie! avancé buscando mi taza para realizar de forma equilibrada el aporte de agüita amarilla a los santos lugares y, y oye, ¡lo que tiene el inconveniente de no ver! ¿eh? al segundo paso ¡zas ! ¡Fueron mis pies los que se bañaron en urea! Espero que antes que yo, alguien en olor de santidad hubiera dejado sus benditos fluidos en buen estado, ya que fui yo la santa receptora d tanta agua bendita….
Y después de los gritos, los rezos, el colocón de incienso y mi visita al baño ¿Cómo queréis que yo entrara al nicho de Jesucristo súper estar?

Pues así, como entré, con olor a orines, a sudor, ¡y muerta de risa!

Creo que nunca me he reído tanto como visitando el santo sepulcro., Me daba la risa floja y no podía parar. En un momento dado de mi visita, me llamé a mí misma al orden, me dije que un poquito de disciplina, ¿Qué diría de mí Sor Ángeles? ¿O la hermana María Cinta? ¡Un pelín de introspección!
Me puse un poco mística, y ahí entre esas santas paredes estaba a punto de hincar mis rodillas para esperar la gracia, y en ese momento escuché de lejos un ruido tremendo, como de un motor sí, un motor que se iba acercando a mí. Yo, saliendo de mí misma, pregunté a mi alrededor que qué era eso, ¡no os podéis imaginar lo que era! Un pedazo de tractor hasta arriba de velas, velas de todo tipo de tamaños y formas que iban a distribuirse a lo largo y ancho de las capillas de la Basílica del Santo sepulcro!
Si, era televela, dando luz a los diferentes credos que allí tienen su sede, para adorar al Altísimo.

¡Así no hay quien rece!

El tractor entrando cargado de velas en la iglesia del Santo Sepulcro

Serie Jerusalén

Serie Jerusalén

Ah, Jerusalén, Jerusalén! ¡Si llegara yo a olvidarte, que se me paralice la mano derecha!
(Salmo 137, de “El Libro de los Salmos”).

Jerusalén es una de las ciudades más sorprendentes que existen en el planeta Tierra.
No sé, tiene algo especial, una vibración que no puedo describir con palabras.
Es esa mezcla de cultos; ese montón de personajes que pululan por sus calles; ese aroma a especias, inciensos y flores; esa huella que el tiempo no borra, pese a que el hombre la haya intentado destruir en nombre de cualquier dios omnipotente.

Cada vez que visito Jerusalén, mi corazón se eleva, respiro el aire especiado de la ciudad, impregno mis pulmones, y me lleno de vitalidad y me impulso a volar y perseguir a los santos y los profetas para hacerles mil preguntas.

Para el que no me conozca mucho, le cuento que no soy una persona religiosa.
Aunque mi educación fue católica, en colegios de monjas de los de antes, o tal vez por eso, soy bastante agnóstica, atea, o mejor dicho, casi politea, si es que existe esa palabra.

Eso no evita que sea bastante espiritual, y que mis células sean capaces de reconocer un lugar santo, ya sea una pequeña iglesia templaria como, por ejemplo, la de la de Enate en Navarra; la magia cautivadora de la pirámide maya de Cobá, En Méjico,
O la grandeza de la explanada del castillo de Sagres, en la punta del cabo de San Vicente, En Portugal.

Pero lo de Jerusalén me supera: ahí huele a magia, a santidad, a cosa esotérica por los cuatro costados.

Quizá cada vez que voy a Jerusalén, me dejo llevar por la historia, por las novelas y mis lecturas, y es entrar por la avenida Golda Meir y mi estado de ánimo cambia, ¡y ahí puede suceder cualquier cosa!

Creo que el ser ciega en este aspecto juega a mi favor: no me dejo llevar por las grandes construcciones, ni por las manipulaciones religiosas. A ese respecto, bien se han encargado los fanáticos, cada uno a su manera, de dejar en Jerusalén su sello indeleble tratando de que lo suyo sea mucho más que lo del vecino de al lado.
Llama la atención cómo judíos, árabes y cristianos en todas sus variedades se han ido posicionando en cada parcelita de la pobre Jerusalén, destruida y construida pedazo a pedazo.

Pero yo, cuando estoy en Jerusalén, siento el todo de esa ciudad. Sus miles de años se introducen en mi piel junto con su brisa divina, su historia, y sueño con mimetizarme entre esas piedras milenarias, y formar parte de ese todo.

Bien; a partir de aquí, quería post a post, ir contando mis diferentes sensaciones en muchos de los trocitos de Jerusalén, donde he sentido risas, rabia, amor, ganas de llorar, y por qué no decirlo, ¡Hasta miedo!

Mi amor por Jerusalén, por Israel, no habría sido posible sin la llegada a mi vida como un regalo en 1991, de Betty y Natalio,
que me enseñaron a amar esa hermosa tierra desde el respeto y el cariño.

¡A ver que sale de esto!