Las palomas

Columba libia  doméstica, o semi doméstica,  según lo miremos. Animal mítico donde los haya, domesticado desde antes de los romanos y los griegos.

Lo mismo nos vale para hacer una sopa, un guiso, que para representar la paz o el espíritu santo,  o nos valen como palomas mensajeras. Son conocidas por su gran capacidad de orientación, aunque lo cierto es que les va la vida sedentaria, después de que se dieron cuenta de que un email o un sms es más rápido y da menos trabajo para ellas.

Las palomas se alimentan en el suelo, tanto en la naturaleza como en las ciudades. Suelen encontrarse en parejas en la época de reproducción, pero el resto del tiempo son gregarias. Las palomas domésticas duermen en salientes de muros, porque son incapaces de mantenerse durmiendo en los árboles, como otros pájaros. La esperanza de vida de una paloma en la naturaleza oscila entre los tres y los cinco años y llega a vivir hasta los quince años en cautividad.

El halcón peregrino  y el gavilán común son sus principales depredadores naturales. Hasta el 80% de la dieta de los halcones peregrinos de muchas ciudades se compone de palomas. Pueden ser cazadas por rapaces de tamaños comprendidos entre el halcón americano y el águila real, como los busardos, búhos reales  y  azores, y sus nidos pueden ser expoliados por las gaviotas y los córvidos. Entre los mamíferos que también pueden atacarlas se encuentran las martas, las jinetas, las zarigüeyas  y los mapaches, además de los gatos.

Nadie dice nada a cerca de perros guía cazando palomas, y eso que he buscado por internet todo tipo de artículos científicos y no tanto….
Esto que parece una redacción de cuando estudiaba E G B, tan solo es el preludio de mi vida entre palomas.

La primera vez que tomé conciencia de hasta qué punto complican mi vida las palomas, fue cuando viví en Algete, ellas se instalaron en un saliente de mi terraza, y cada día me regalaban sus obsesos arrumacos y su lluvia de cagadas que caían como bolas inundando mi espacio. Pero cuando comencé mi vida con perras guía, ¡ahí sí que fue total! Recuerdo un día en que de repente, mi difunta pastora alemana, según íbamos caminando por una acera, de pronto se tumbó en el suelo. ¡Menudo susto! pensé: ¿un infarto? ¿se ha desmayado? ¿le duele algo?
¡nada que ver! ¡solo se trataba de una paloma!

Ella la vio venir, y atendiendo a su código genético ancestral, se tiró al suelo a esperarla en posición de caza. Y claro ¿como iba yo a saber eso?

Urgentemente llamé al instructor para contarle que de vez en cuando, mi perra se tiraba al suelo sin una razón aparente, y con su explicación todo quedó meridianamente claro.

Y bueno, ahora que en esta pandemia que nos ha tocado vivir, las palomas han tomado la ciudad, han urgado en contenedores y papeleras, sin gente que les moleste, por lo menos por Madrid, andan como gallinas, tranquilamente se pasean por la calle Luchana pidiendo comida en las terrazas a la gente.

Y yo, si bien es cierto que ya no me preocupo ni por obstáculos en la calle, ni por mesas ni sillas, tampoco por bordillos y bolardos, aquí tengo a mis amigas las palomas, las cuales complican mi movilidad e intrigan poderosamente a Goleta.

Es lo que los instructores de perros guía llaman «una distracción» ¿que que es eso? pues todo lo que distrae al perro cuando está trabajando y guiando nuestro camino. Desde un pájaro, perros sueltos, atados, gatos, y diversos animales, olores intrigantes, colores, comida…. o sea ¡todo en general!
Goleta ve una paloma y al instante quiere olerla, o jugar con ella, o tal vez cazarla para mí, para que prepare un buen caldo, ¡vete tú a saber! pero es el caso que como haya una en su línea de visión ¡las dos vamos a por ella!

¡Es lo que tiene convertirnos en una unidad!

Ladrando en la nube con Goleta, Terrazas

Navegando con Goleta: Las terrazas.
Cuando me entregaron a Goleta el 15 de mayo, ¡que diferente estaba Madrid! Todavía casi todos estábamos confinados, sin terrazas, bares, restaurantes, tiendas….

Si nos queríamos tomar algo el instructor y yo, después de una dura jornada de caminar, y especialmente esos días que subieron las temperaturas muchísimo, sólo podíamos pedir un café de vaso desechable en Viena Capellanes, o aquí al lado, en la panadería de Fernando, que aparte de vendernos unos ricos croissants, también nos daba un cafecito. ¡Todo estaba cerrado!

Nuestra vida de entrenamiento fue fácil, esencialmente había que preocuparse por bordillos, cruces, recto, izquierda, izquierda, derecha, derecha…. ¡y casi bailar la yenca!

Además estaban algunos perros que querían saludarnos y nos distraían, pájaros, ¿y cómo no? ¡Palomas! lo de las palomas es post aparte. Y bien, justo cuando terminamos el curso, ¡comenzó de nuevo la vida en Madrid! La verdad es que era como un renacer, y hasta sonaba maravilloso.

Terrazas abiertas, niños, pelotas, bicis, monopatines, patinetes eléctricos, sillas, mesas, ¡gente y gente!
Lo sé, esta es la vida de siempre, una ciudad a tope, pero Goleta y yo, caminábamos felices sin tanto ruido, sin tanto lío.

El primer día que abrieron las terrazas, que la gente acudió a ellas como si se las fueran a quitar, felices del plus post covid19 que les iban a cobrar por una bebida como si fuera año nuevo, ¡La perrita estaba impresionada! todos corriendo a pillar mesa, sillas, entre mascarillas y olor a lejía, los humanos se volvieron locos por una birra en primera línea de tráfico, a pleno sol, y sin pincho para acompañar!
Por la glorieta de Bilbao a las ocho de la tarde no se cabía.

Goleta observaba estupefacta todo ese raudal de gente de un lado para otro, y oye, ¡que no miraban! Ella intentaba esquivarlos, pero al ser objetos móviles, ¡que complicado!

Además, no sé si os habéis fijado, si bien hay que mantener la distancia social entre las mesas de las terrazas, también los dueños de los bares se han ido expandiendo lentamente a un lado y otro de las aceras, las ordenanzas municipales se han relajado por consideración a los pobres hosteleros que han estado cerrados tres meses, y ahora ¡casi que me voy a encontrar mesas de terraza hasta dentro de mi portal!

Pasar por una terraza, con sus restos de comida, sus carritos de bebé, niños con pelotas, humanos que ni miran ni ven, algún que otro perro gruñón, sillas a derecha e izquierda, un patinete tirado y un par de palomas…. ¿que más se puede pedir para superarnos a nosotras mismas?

Me temo que esto será nuestra nueva normalidad, es decir, lo mismo pero mucho más que antes.

No obstante, ¡que alegría tomarse algo a la fresca con amigos en una terracita aunque acabemos intoxicados por el desinfectante!

Ladrando en la nube con Goleta, ¡día de examen!

Es tradicional en mi instructor, que el último día de emparejamiento hagamos una ruta más o menos solas ante el peligro, ¡y esta vez no iba a ser menos!

Goleta de cachorro soñando con ser perro guía
Goleta de cachorro soñando con ser perro guía


  Goleta ya está súper adaptada en casa, incluso su estómago de 75 por ciento de labrador, calcula perfectamente cuando es la hora de la cena, y así me lo notifica cada vez de forma menos sutil, por si a caso se me olvida….


  Hoy por la mañana ha sido la gran prueba, desde Luchana hasta el museo arqueológico, digamos que ese ha sido el examen, así, sin anestesia.
  El primer tramo desde Covarrubias hasta Sagasta, más o menos, un par de coches sobre la acera, la cola sin distanciamiento social de la droguería, que ya les he llamado la atención, y recto al cruce para llegar a Alonso Martínez.


  Estos cruces extraños con dos carriles con el semáforo en distinto lugar, el cual hay que localizar en el centro del cruce con tráfico a ambos lados.
Este tipo de cruces son algo estresantes, el ruido, la gente, y mi preocupación por si la perra se sale algo de la estrecha acera, lo sé, lo sé, ella es lista, pero el miedo es libre.


  Parada en viena Capellanes, porque ayer también paramos a pedir un café para llevar, y Goleta pensó por un momento si queríamos tomarnos otra vez algo.
¡un detalle de su parte!


  Es lo grande de los perros, ¡siempre recuerdan todos los sitios donde van!
  Y por fin llegamos a Colón:
Es un lugar con mucho tráfico, y eso que aún estamos en la 0,5 fase.
Es complicado encontrar el paso de cebra porque no están alineados tampoco, además hay cesped, bancos, gente, árboles…. Pero logramos localizar los otros dos semáforos y enfilamos la calle Alcalá con mucha dignidad.


  A Goleta le sigue gustando ir cerca de los árboles, yo, después del aterrizaje de ayer, les tengo bastante respeto, mas que nada por los alcorques.
  ¡Y llegamos al museo arqueológico! está cerrado, porsupuesto, pero le prometí que vendríamos algún día de nuevo, porque es uno de mis museos favoritos.
Hay muchas cosas para tocar, y maquetas casi a escala real.


  De nuevo retomamos ruta y de vuelta a casa ya más relajadas.
  La firma del contrato con la escuela de perros guía, informes veterinarios, seguro, instrucciones diversas, ¡mil papeles!
Pero lo más importante, ¡la medalla acreditativa de que Goleta ya es perra guía oficial!


  Cuando coloqué el distintivo en su collar de trabajo, ¡deberían haber sonado fanfarrias y tambores!


Pero Sólo estábamos el instructor y yo, yo sentí una gran emoción, la suerte estaba echada, y nuestra unión quedó sellada.


  Soy consciente,queda todo por hacer, y a partir de mañana estaremos solas ante el peligro, pero con voluntad y paciencia estoy segura de que seremos capaces de llegar a cualquier sitio.


  ¡Y seguiremos contando nuestras aventuras!

BIMBA, ESA PERRA JUBILADA

Bimba, Esa Perra Jubilada

Pasaron decididas por la calle;
y me quedé mirando aquel trastrás,
aquellos pasos firmes al compás
donde no sobraba ni un detalle.

Noté en los ojos de la perra el corazón,
latiendo con el suyo, de su dueña;
y en los ojos de Salvi la risueña
mirada de Bimba al mismo son.

Y pensé: Dios no quiere que sea ciega
Y por eso, generoso, le da un perro
Que le presta la luz de su mirada;
Pero vi. en Bimba tanta, tanta entrega
que superaba el yugo de aquel hierro
del arnés del que estaba enamorada. 

Escrito por el poeta Antonio Peláez.

Bimba tumbada

Dejo un ratito mis aventuras por Jerusalén, y esta vez os cuento alguna cosa de mis perros. Como sabéis, tengo tres, los cuales hacen que mis días y mis noches sean, cuando menos, bien divertidos.

Alguien podría pensar que es duro cuidar de tres perros grandotes en un piso de 70 metros; pero la verdad es que nos organizamos muy bien.

Bimba, es una labradora blanca, que inició su camino a mi lado en octubre del 2004, después de la tristeza de haber tenido que dormir a Heidi, mi anterior perra-guía.

Pese a que adoro a los pastores alemanes, tanto como perros en general, así como lazarillos, ya que siento que se ajustan a mi manera de ser y viven parecido a mí, debo decir que Bimba y yo, desde el momento que nos conocimos, encajamos. Ella, desde su mente labradora, me puso las cosas mil veces más fácil que Heidi, que sí era pastor alemán. Además, al ser yo renovadora, todo fue tan sencillo, que me parecía imposible.

A Bimba le tocó vivir conmigo momentos importantes y siempre guió de manera irreprochable.
No se estresó en el trabajo jamás. Sin gustarle, porque vaga lo es un rato, de mala gana, sobre todo en verano, siempre cumplió con su deber.

Pero llegó el día que sus constantes otitis hicieron que su audición disminuyera, y su estándar de trabajo, indiscutiblemente se vio reducido.

Los usuarios de perros guía, somos los últimos en darnos cuenta de que nuestro perro necesita jubilarse y descansar. Acomodamos nuestro paso al suyo, justificamos sus faltas de reflejos, compensamos sus dificultades, y lo hacemos a penas sin darnos cuenta.

Un día vino el instructor y, viéndonos en ruta, determinó que ya era el momento de colgar el arnés.

Lo primero era asumirlo yo, claro; pero después, ¿Cómo contarlo a los amigos? ¿a la familia? ¿a los compañeros de trabajo?

Si ya la cosa era dura para mí, imaginad los comentarios de la gente:

Que si ese instructor no tiene ni idea, que si la perra está estupenda, que si la que venga nunca será como ella……

Y así había que vivir esos meses de incertidumbre en la espera de Nevi, la siguiente perra-guía.

Y, en fin, llegó el día, y mi corazón se puso triste: tomar un arnés nuevo, una correa nueva, y una perrita nueva, joven y sin conocerme de nada.

Pero ¿y Bimba? ¿Qué iba a sentir Bimba? Para colmo, pese a que ella es bastante independiente, tiene un problema que detecté al poco tiempo de que se iniciara nuestra vida en común: padece ansiedad por separación, lo que engrandecía mi preocupación:

¿Qué haría la perrita cuando me viera salir de casa con otra acompañante? ¿Qué pensaría cuando me viera llegar caminando con el apoyo de otro arnés y otra asa?
¿Qué sentiría cuando yo ya no la necesitara como antes y no estuviera todo el día conmigo?

Pues las cosas fueron mucho más sencillas de lo que yo esperaba:

Cuando llegó Nevi, Bimba la ignoró totalmente, dejando que ella viniera y guiara sin ningún problema. No se preocupó al ver cómo le ponía el arnés. De hecho creo que estaba feliz de no tener ella que trabajar.

Los primeros días hubo una lucha de poder, pero no precisamente con Bimba, sino más bien con el otro pastor. Cuando quedó claro que allí nadie mandaba, los tres se relajaron, tras, eso sí, algún exceso, como romper alguna colchoneta por venganza, alguna meada fuera de la ruta y de la rutina, y, cómo no, si había juguetes ¡los tres querían el mismo!

En la actualidad Bimba es feliz. Vive, por supuesto, en el sofá, hecha una bola entre cojines.

¿a quién le importa este pequeño desliz? El que viene a casa ya sabe que se va lleno de pelos (¡donde hay pelo, hay alegría!),

Tiene un día sí y otro también las orejitas hechas una pena por los picores y subsiguientes arañazos que le provocan las incordiantes otitis, pero ahí vamos, entre gotas, antiinflamatorios y limpiezas. Por suerte, en estos momentos es lo que lleva peor, pues por lo demás, está ideal, contenta, y con las mismas ganas de comer de siempre: Roba pienso a Nevi y a Xito si puede, y a mí, ¿Qué os puedo contar? Que este mismo verano entre ella y la pastora, desvalijaron una bolsa con cecina y chorizo, que demás está decir quién se lo comió, porque en lo que Nevi lo olía, ¡la otra ya se lo había morfado!

Ahora, ya a toro pasado, creo que fue una buena decisión, que poco sentido tiene prolongar sus días de trabajo a un perro, por más pena que dé.

Es cierto que ahora, me puedo permitir el lujo de tener a mis tres perros. No se cómo será el futuro; pero deseo con toda mi alma, que siempre pueda cuidarlos como ellos lo hacen cada día conmigo.

Yo con mis tres perros