Serie Jerusalén

Serie Jerusalén

Ah, Jerusalén, Jerusalén! ¡Si llegara yo a olvidarte, que se me paralice la mano derecha!
(Salmo 137, de “El Libro de los Salmos”).

Jerusalén es una de las ciudades más sorprendentes que existen en el planeta Tierra.
No sé, tiene algo especial, una vibración que no puedo describir con palabras.
Es esa mezcla de cultos; ese montón de personajes que pululan por sus calles; ese aroma a especias, inciensos y flores; esa huella que el tiempo no borra, pese a que el hombre la haya intentado destruir en nombre de cualquier dios omnipotente.

Cada vez que visito Jerusalén, mi corazón se eleva, respiro el aire especiado de la ciudad, impregno mis pulmones, y me lleno de vitalidad y me impulso a volar y perseguir a los santos y los profetas para hacerles mil preguntas.

Para el que no me conozca mucho, le cuento que no soy una persona religiosa.
Aunque mi educación fue católica, en colegios de monjas de los de antes, o tal vez por eso, soy bastante agnóstica, atea, o mejor dicho, casi politea, si es que existe esa palabra.

Eso no evita que sea bastante espiritual, y que mis células sean capaces de reconocer un lugar santo, ya sea una pequeña iglesia templaria como, por ejemplo, la de la de Enate en Navarra; la magia cautivadora de la pirámide maya de Cobá, En Méjico,
O la grandeza de la explanada del castillo de Sagres, en la punta del cabo de San Vicente, En Portugal.

Pero lo de Jerusalén me supera: ahí huele a magia, a santidad, a cosa esotérica por los cuatro costados.

Quizá cada vez que voy a Jerusalén, me dejo llevar por la historia, por las novelas y mis lecturas, y es entrar por la avenida Golda Meir y mi estado de ánimo cambia, ¡y ahí puede suceder cualquier cosa!

Creo que el ser ciega en este aspecto juega a mi favor: no me dejo llevar por las grandes construcciones, ni por las manipulaciones religiosas. A ese respecto, bien se han encargado los fanáticos, cada uno a su manera, de dejar en Jerusalén su sello indeleble tratando de que lo suyo sea mucho más que lo del vecino de al lado.
Llama la atención cómo judíos, árabes y cristianos en todas sus variedades se han ido posicionando en cada parcelita de la pobre Jerusalén, destruida y construida pedazo a pedazo.

Pero yo, cuando estoy en Jerusalén, siento el todo de esa ciudad. Sus miles de años se introducen en mi piel junto con su brisa divina, su historia, y sueño con mimetizarme entre esas piedras milenarias, y formar parte de ese todo.

Bien; a partir de aquí, quería post a post, ir contando mis diferentes sensaciones en muchos de los trocitos de Jerusalén, donde he sentido risas, rabia, amor, ganas de llorar, y por qué no decirlo, ¡Hasta miedo!

Mi amor por Jerusalén, por Israel, no habría sido posible sin la llegada a mi vida como un regalo en 1991, de Betty y Natalio,
que me enseñaron a amar esa hermosa tierra desde el respeto y el cariño.

¡A ver que sale de esto!

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